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ACI Prensa: cuando la matonería viene de quien pregona compasión

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Ilustración: Guillermo Figueroa

Las frases anteriores son algunas de las respuestas a la carta abierta que publiqué hace algunos meses en respuesta a las declaraciones de una conductora de televisión sobre el acoso sexual en las calles. En ella, narraba mi experiencia de abuso y acoso sexual. Después de publicarla, recibí una cantidad abrumadora de mensajes de mujeres maravillosas, contándome sus propias experiencias e historias. Pero también me encontré con reacciones que no hubiera podido imaginar y que definitivamente no esperaba.  Mi testimonio fue puesto en duda y ridiculizado incontables veces; la decisión de compartir mi experiencia, descalificada como maniobra de autopromoción; las supuestas incongruencias de mi historia, sometidas al escrutinio de personas con las que nunca he cruzado palabras o, siquiera, una mirada.

Similar, aunque más virulenta, ha sido la respuesta del portal de noticias católico ACI Prensa y su director, Alejandro Bermúdez, miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, a la columna publicada por el actor Jason Day en La República el sábado pasado. En ella, relata su experiencia con un cura sodálite mientras se preparaba para su primera comunión. No es una denuncia de abuso sexual, es la historia de un niño que se ve a sí mismo en una situación que no buscó, que no le gusta y que le sugiere algo distinto a lo que se expresa de manera explícita en el cuarto de esa iglesia. Es un recuerdo que muchos comparten: el de un adulto que trasgrede ciertas fronteras de manera casi imperceptible, lo necesario para que no olvidemos quién ostenta el poder, quien tiene las de ganar en una relación de disparidad vertical y quién es, finalmente, el adulto.  En los casos más afortunados, el recuerdo se detiene allí; en los más trágicos, esa transgresión es tan solo el primer paso que se da antes cruzar el umbral que convierte la vida de algunos en una verdadera pesadilla.

La respuesta de ACI Prensa y su director a la columna ha sido, a falta de mejores palabras, una vergüenza. En ningún momento reconoce la posibilidad de que lo narrado pueda haber sucedido ni admite ni por un segundo que entre sus filas pueda encontrarse una persona que se comporte de manera inadecuada con los niños que tiene a su cargo, a pesar de que la historia del Sodalicio no es para nada ajena a las denuncias de abuso sexual. Cuando afirma que investigará lo narrado, no dice que lo hará para revelar la verdad sobre lo sucedido (y poner a disposición de la justicia, de ser necesario, al involucrado), sino para tomar represiones legales contra Day. Ataca, amenaza, insulta e intenta humillar de la manera más burda y vil. Acusa al actor de ser incongruente en las fechas de su historia, intenta descalificar su testimonio aludiendo a su trayectoria profesional (la versión masculina de descalificar el testimonio de una mujer debido a su trayectoria sexual y sentimental) y critica su decisión de no dar el nombre completo de cura involucrado.

La verdad es que no puedo hablar por Jason –su recuerdo es suyo y solo suyo-, pero sí puedo hacerlo desde mi experiencia. Una de las memorias que más me ha perseguido durante mi vida está llena de lagunas. No sé cuántos años tenía cuando sucedió (podrían ser seis, podrían ser siete) ni el nombre del hombre con quien la comparto. Si me pidieran dar cuenta de lo que pasó en un parte policial, mi testimonio posiblemente sería descalificado por estar lleno de incongruencias. Recuerdo, sin embargo, el lugar, la luz, el momento del día, lo que llevaba puesto, lo que sentí. Lo demás quizá lo he preferido olvidar. Si realmente quisiera, podría averiguar su identidad. Pero por algún motivo que no puedo explicar no lo he hecho hasta hoy. Y todos los días cargo con el peso de saber que decidí no denunciarlo, que mi silencio es cómplice de lo que pueda haberle hecho a otras personas. Yo pude haberlo detenido y, sin embargo, no lo hice. Esa es una culpa con la que yo tengo que lidiar. Pero nada de lo anterior descalifica mi testimonio ni hace menos real lo que viví.  Nada constituye un argumento para atacar mi historia ni mi decisión de contarla.

Tomar la decisión de compartir nuestros recuerdos más íntimos es una muy compleja, que nos confronta a emociones encontradas y a nuestras propias contradicciones. La mezcla de emociones es difícil de explicar y entre ellas se encuentran, de manera muy injusta, pero también muy presente, la culpa y la vergüenza. Pero a pesar de eso, hablamos. Algunos lo hacen para ayudar a que la ley alcance a quienes amenazan con quedar impunes; otros, para acompañar con sus palabras a quienes pasan por lo mismo en silencio; varios, para exorcizar demonios que año tras año se resisten a abandonar el cuerpo. Ninguno de estos motivos nos hace más valientes o cobardes que otro. Al igual que nuestros recuerdos, nuestras razones son nuestras y lo que hacemos con y por ellas no es asunto de nadie más.

Eso es algo que, lamentablemente, muchos parecen olvidar al momento de discutir casos de abuso infantil que ven la luz después de muchos años. Pero ACI Prensa y su director harían bien en recordar que, como agencia de noticias y miembro de la Unión Católica Internacional de la Prensa, representan a la institución religiosa a la que pertenecen y que, al margen de sus peleas con un individuo en particular, lo que dicen resuena en miles de personas que han sido víctima de acoso o abuso sexual de niños, algunas de ellas en pasillos o cuartos de iglesias. Más allá de lo vil que resulta el ataque y deslegitimación de posibles víctimas, sorprende que en el contexto de una Iglesia que busca resarcirse después de décadas de encubrir casos de pedofilia en sus parroquias, la agencia de noticias católica más importante de este país reaccione de la manera en que lo ha hecho. El mensaje de ACI Prensa parece ser bastante claro: atrévete a denunciar un caso abuso dentro de la Iglesia y esto es lo que te espera. Y esa matonería poco o nada tiene de cristiana. 

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