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Cuentos de viajeros: el Oráculo de Delfos VIII, por Elvira Roca-Rey

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Foto: Revista de Historia

Por la Vía Sagrada ascendemos hacia el Templo para continuar hasta la cresta del cerro donde descubrimos el anfiteatro y más allá el afamado estadio.  El dios había instaurado los Juegos Pytios para conmemorar su victoria sobre la serpiente, estos deben de haber sido los predecesores de los Juegos en honor a Zeus que organizaron los ciudadanos de Olympia en el s. VIII AC, puesto que tres siglos antes (a partir del s. XI AC) ya había quedado establecido el culto a Apolo Pytio y los Juegos podrían haberse realizado en una arena precedente al estadio que estoy observando. Antes del ajusticiamiento de la mítica sierpe guardiana del Oráculo de Gea la zona ya estaba poblada desde el periodo micénico (es decir hace más de 3.400 años) por quienes fueron fieles devotos de la Diosa Tierra, los Juegos Pytios probablemente fue una estratagema muy apropiada para integrar a los pobladores en la nueva religión. Unos siglos más tarde, cuando el complejo del santuario tomó su forma definitiva (en el s. VII AC) toda Grecia se había enterado de que el dios residía aquí y se desplazaban para asistir a los Juegos, los que tomaban lugar cada cuatro años.

A comienzos del s. VI AC Delphos se convierte en miembro de la Amphiktyony, la unión de ciudades-estado con objetivos políticos comunes, la que se compromete a defender el santuario de la amenaza de los conquistadores. En los dos siglos subsiguientes Delphi toma un auge inusitado, no sólo las polys levantan sus hermosos edificios y ofrecen efigies, también las familias aristocráticas desean manifestar su lealtad a Apolo. Devotos y theopropoi (mensajeros públicos enviados para cuestionar al Oráculo) acudían de todos los rincones, desde las lejanas colonias griegas, en busca de consejo antes de tomar cualquier iniciativa seria. Esta situación de florecimiento siguió manteniéndose hasta la llegada de los romanos con el emperador Adriano. El teatro es posterior (s. IV AC), se encuentra caso intacto, con el extenso valle abajo como telón de fondo, debe de haber sido glorioso poder presenciar sentada en estos escaños la representación de alguna obra magna. Pero además del anfiteatro también el estadio sirvió de escenario para espectáculos musicales y de danza.

Delphos quiere decir “el ombligo del mundo”, esto se debe a que el Dios Zeus envió desde el firmamento en direcciones opuestas a dos águilas doradas y allí donde se encontrasen sería reconocido como “o omphalós tou kósmou”. Bajando la cuesta constato una vez más que en la mayoría de los bloques de piedra con los que construyeron el complejo se hayan tallados textos enteros. He aquí una sagrada piedra muy curiosa de forma cónica, que se supone cayó de los cielos cuando las águilas se encontraron en este punto. Estamos de nuevo abajo y vamos a ingresar en el Museo, la primera sala contiene figurillas de cerámica muy arcaicas, de la época micénica, casi todas representaciones de la Diosa Gea, de Pytón, y de la pytonisa en su trono de tres patas, también hay un enorme caldero de fierro negro también de tres patas donde preparaban los inciensos narcóticos. Cada una de las salas tiene extraordinario valor, aquí han reunido todo lo que lograron salvar de las ruinas, particularmente los equipos de arqueólogos franceses en el s. XIX. Hay inmensas efigies y colosos, estatuas, el frontis del gran Templo, un enorme toro de metal y en la última sala “el auriga” conduciendo su carro.

Salimos para descender por la carretera y luego por la montaña hasta el Tholos  de Athenea Pronaia (Primordial), otro santuario de la misma época extrañamente circular, más pequeño y sencillo y aún más devastado, se yergue sobre el primitivo altar dedicado a la Diosa original, Gea. Un poco más alejado está el Gimnastirio, es bastante amplio, aquí se ejercitaban los atletas que competían en los Juegos Pytios. Es hora de regresar a buscar un Hotel pues ya hace frío. La vista del valle desde aquí es inmejorable, la sierra se va angostando hasta la lejana ensenada que aparece en el horizonte, como en un cuadro, aún quedan rastros crepusculares sobre el mar.

 

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