728 x 90

Cuentos de viajeros: Hungría VII

img

Estamos en el mero centro de Hungría, Puszta en idioma magyar significa “vacío”, “despejado”, sucesivas planicies rodeadas de bosques se abren ante mis complacidos ojos. Hay muchos carteles solicitando la cautela del conductor pues ciervos y otros animales suelen cruzar la carretera, al cruzar los bosquecillos  con frecuencia encontramos faisanes, en las planicies caballos trotando. Desde la ventanilla contemplo transcurrir los verdes prados espaciosos ¡un bálsamo para mi espíritu! Hemos salido temprano en el coche de Mariann hacia esta región para quedarnos dos noches en el rancho de sus amigos, de vez en cuando nos detenemos en pueblecitos típicos donde nos venden fresas.  Hemos llegado, por un camino de tierra estamos entrando al rancho, veo más de una veintena de coches aparcados, nos reciben los dueños de casa: Peter Nagg y su esposa Winni.

Se llama “Nagg tanya” y ésta es la “tanya buli”, o sea la celebración ranchera del cumpleaños de su dueño. Hace calor, mucho sol. Las casas vecinas quedan distanciadas, los pabellones dispuestos en torno al gran patio de tierra son de ladrillo, no hay rastro de cemento aquí ni tienen electricidad. Poseen una extensión considerable de viñedos, no sólo producen un rosé delicioso, Peter fue hasta la lejana Georgia para descubrir los secretos de un blanco especialísimo que también han empezado a producir. Damos una vuelta por la “tanya”, a resguardo del sol, en un montículo apartado de la casa hacienda, se han almacenado cantidad de ánforas de arcilla, bien selladas y enterradas al estilo ancestral de los georgianos, el vino estará listo en pocos meses.

En el patio encuentro a sus hijos y a sus jóvenes amigos, los hay locales, alemanes, anglófonos, también de Sicilia y de la Martinica; los invitados de mi edad son en su mayoría húngaros pero hay muchos alemanes, serbios, flamencos y rusos. Es tan auténtico todo, las casitas que rodean el patio lucen bien restauradas pero son antiguas, está la casita de los dueños y al frente otro pabellón para invitados, la cocina separada, más allá los almacenes para la elaboración del vino y al lado opuesto del patio lindando con una gran pradera un horno de leña donde están horneando todo tipo de pasteles, en el umbral de la casita principal una orquesta gypsy está tocando czárdás, en el centro del patio largas mesas de madera con botellas de vino, viandas de todo tipo y hasta un ganso asado, me sirvo y me acerco a la gran fogata, sobre la cual colgando de una cadena en una marmita de hierro borbotea la famosa goulash.

Debo de haber bebido más de un vino porque ya estoy cantando junto a otros entusiastas. Ha sobrevenido el crepúsculo, nuestra insólita comunidad multicultural sigue charlando, cocinando, pero sobretodo degustando un plato tras otro. Acaban de traer el famoso vino blanco a mi mesa ¡exquisito! Entro en la cocina, los gypsys están cenando, no hablan ni jota de inglés, nuestro diálogo de sordos se ha vuelto graciosísimo, insisten en que pruebe el aguardiente de frutas local llamado palinka, me niego, no quiero mezclar. Una pata de jamón y vino sobre el mesón, chorizos y ajos que cuelgan del techo, así iluminada por las velas la cocina parece un cuadro flamenco. Cuando salgo al patio ya es de noche, al fondo resplandece la fogata, hay un joven con guitarra que canta con voz angelical “Black, black bird”. De pronto irrumpe un hombre con caballos y su hija para ofrecernos un show de antorchas encendidas. Otro joven baila el vals vienés para después lanzarse con pasión a zapatear una danza folklórica húngara. Voy hacia el pabellón para dormir, aún escucho que cantan hasta el amanecer.  

Por la mañana el viejo actor y un acordeonista nos reciben cantando a la hora del café. Vuelve a aparecer el Señor András Eördogh con sus preciosos caballos para aquellos con suficiente ánimo para montarlos. ¡Winni y Peter, anfitriones***** de Hungría! Aquí se han juntado este fin de semana posiciones políticas opuestas, a pesar de que los huéspedes no eran para nada coincidentes, sin embargo ¡qué civilizada y democrática compañía! En la “tanya buli” (party ranchero) han sabido llevar la fiesta en paz, sólo se escuchaban risas por doquier, bailaban y cantaban todos en armonía, una experiencia imborrable en medio de la diáfana Puszta, para ser guardada en mi memoria con afecto. 

IR A COMENTARIOS

    Comentarios