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Cuentos de viajeros: las Meteoras IV, por Elvira Roca-Rey

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 Foto: intravel.es

A la salida del granero hay un cuartito con repisas donde las calaveras alineadas son más numerosas que las damajuanas vacías de vino, al pie de esta alegre colección, ante la puerta del osario que nadie se atreve a traspasar, han colocado un recipiente con arena donde algunos visitantes ofrecen velas encendidas. El fresco del patio me sorprende: aquí no sólo están presentes todos los profetas que anunciaron la venida de Jesucristo, sino también una docena de filósofos, no estoy tan convencida de que Sócrates se encuentre a gusto encerrado en este fresco. Estamos ahora entrando a la “Iglesia de los mártires”, en sus paredes y en sus bóvedas aparecen todos los santos sacrificados. Enormes velas iluminando los íconos, el Pantocrator presidiendo la cúpula central, suntuosos lamparones colgantes, muros cubiertos de frescos de vivos colores e indiscutible calidad artística, pero apenas les echó un vistazo a vuelo de pájaro para salir de aquí lo antes posible, pues el compendio completo de todas las torturas empleadas en la Edad Media empieza a hacer su efecto sobre mi sistema nervioso.

Pasamos a la cocina que está fuera de uso, bastante oscura, de techo abovedado y sin ninguna ventana, sobre los estantes vemos cazuelas y recipientes medioevales, hay un gran horno de pan y en el centro del cuarto una pira de carbón con una marmita gigante de hierro negro pendiendo de una cadena, lo que es a mí me ha quitado el apetito, da la impresión de ser la cocina de la bruja de Hansel y Gretel. El ala privada del convento es bastante amplia, espero que allí los actuales residentes del claustro cuenten con una cocina a todo dar. También visitamos el Museo Eclesiástico lleno de valiosas reliquias, pero sobretodo me he quedado prendada de la Biblioteca donde admiramos antiguos manuscritos y libros con iluminaciones alucinantes, la de San Jorge montado sobre un caballo rojo matando al dragón es mi preferida.

Al exterior los imponentes dolomitas y la visión del valle nos hacen ver la vida con otros ojos, estamos visitando el reino de las águilas, aunque quedan pocas y no se acercan a los turistas. La Transfiguración de Jesús cuando abandona la cruz resulta casi posible de imaginar en este místico lugar. Aunque no los podemos ver, en las ventanas que dan sobre el barranco al lado opuesto del monasterio, suelen asomarse los monjes para leer los sagrados textos de su biblioteca. Afortunadamente aquí permiten la visita de mujeres, en el Monte Atos no nos dejan acercarnos a no sé cuántos kilómetros a la redonda. Fue un monje venido del Monte Atos en el s. XI, de nombre Athanasio, el que inició la organización de esta especie de ciudad monástica. ¿Porqué no los dejaron en la gloria de su soledad? ¿Porqué vinieron a buscarlos?  Patriarcas y religiosos de la Iglesia Ortodoxa Rusa también llegaron hasta las Meteoras en esa época con el propósito de  poner orden en la vida de un puñado de desperdigados ermitaños.

Un par de Abadías pertenecen a las monjas, que sí permiten la visita masculina, aunque no todas reciben a los turistas, todas son medioevales, por su arquitectura y disposición tienen bastante similitud entre ellas, en el tiempo y en el cielo suspendidas, cada una con su pequeño huerto y su viña asomando al farallón. Calculo que en el pasado de vez en cuando irían a buscar vituallas al pueblo porque casi todas aún mantienen una polea con su red colgante, desde aquí izaban a los monjes como pescados zarandeados por los vientos. En las megalíticas rocas vecinas al convento se pueden ver las cavidades destinadas a prisiones, me pregunto qué pecado tan grave puede haber cometido un monje en permanente estado de gracia - pues basta estar aquí sobre las nubes para sentir la metamorfosis - como para merecer semejante castigo, ¡cuántos desamparados habrán dejado su último suspiro en esos terribles agujeros!

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