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El vino de Dyónisos II

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A partir de entonces y durante muchos siglos se ha consumido en este país un vino de muy baja calidad. Por un lado se producía un vinillo agrio, o el de monasterio (en exceso dulzón). Por otro lado tenemos un vino rural que desde hace 2.000 años hasta la fecha se sigue fabricando llamado “Retsina”, cuyo sabor es único pues los antiguos sellaban las ánforas con resina de pino de Alepo, es muy popular a nivel nacional a pesar de su sabor tan fuerte, pues si bien preserva al líquido de la oxidación el aroma de la resina impregna al vino.

Si hay algo que no se les podrá nunca criticar a los griegos es que les falta carácter. Cada región destaca por sus singulares rasgos temperamentales y es así que el vino se diferencia notablemente según sea de Creta, de Macedonia, o de Corfú, pues recibe genéticamente el genio de su pueblo natal. Para mí el blanco de Santorini es una de las más preciadas gemas de la Hélade, aunque tiene muchos competidores, por ejemplo tenemos el célebre blanco seco de Samos, el Mantinea del Peloponeso, el Malvasia de Candia, o el dulce Muscat de Patras o de Rodas, por nombrar sólo los más populares. Entre los tintos, los de Lemnos, Paros, Creta y Macedonia son los más conocidos. Pero ni siquiera estoy nombrando a la Grecia central donde los he probado exquisitos. En fin todo el archipiélago es un milagro vitícola desde que llegaron a Creta cargadas de ánforas las primeras embarcaciones procedentes del Este (vía Egipto y Chipre) hace más de 6.000 años.  

Venerado en templos, teatros, festivales públicos y festejos privados - es decir las aristocráticas “symposia” en las cuales se horneaban no sólo corderos sino ideas revolucionarias, como la democracia por ejemplo – Dyónisos, venido desde el Asia Menor unos 2.000 años antes de Cristo y adoptado por Tracia, trajo alegría y una saludable apertura intelectual a la vida de la antigua Grecia. Y lo sigue haciendo, gracias a su culto mediante la libación en comunidad, la camaradería, la danza, el eros, y el diálogo que da alas a los espíritus libres. El dios del éxtasis para los griegos sigue representando la reflexión sobre la condición humana, “una copa del divino néctar para poder esclarecer las ideas” reza el dicho griego. Debemos entender que la exportación de vinos en aquella época representó un importante puente cultural, fue el primer producto comercial con éxito expansionista de entonces, el cual estrechó fundamentales lazos de comunicación entre civilizaciones muy diversas.

Igualmente debemos recordar que en los tiempos de Hesíodo (entre el VIII y el VII AC) era necesario mezclar el vino con agua. Para que podamos imaginar lo alcoholizado que era: se mezclaban 3 partes de agua X 1 de vino. Esto es en cuanto a su elaboración, sin embargo las viñas - sea en tierras volcánicas o en comarcas boscosas – han mantenido intacta su noble esencia venida de tierras babilónicas, y nutridas por este sol prodigioso nos ofrecen hoy en día sus mejores frutos. Durante los últimos siglos la fama internacional no acompañó el buen nombre de los vinos griegos, cuya suerte navegaba más bien a la deriva, pero eso es agua pasada. Hace tal vez un par de décadas que los propietarios de viñedos de todo el país supieron reaccionar a tiempo, enviaron a sus hijos a estudiar enología a las mejores escuelas de Europa y estos regresaron enarbolando el estandarte de los vencedores. Ultimamente han ganado una extraordinaria reputación internacional, gracias a la fe de los viticultores griegos sus vinos han obtenido primeros y segundos premios en las principales competencias, ¡bravo! Han logrado rescatar del Hades (del reino de la muerte) al vino dionisiaco.  

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