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Las almendras de California y la Amazonía

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La ‘leche de almendra’, como se le llama al bebible que sustituye en cierto modo a la leche, se está haciendo más y más popular entre los intolerantes a la lactosa y los veganos, pero también entre ambientalistas que saben del efecto letal de las vacas en el clima global (por las enormes cantidades de metano que producen), y del no tan saludable consumo de lácteos en la vida adulta.  La leche de almendra, efectivamente, es además de rica, sumamente saludable y nutritiva, pues además de minerales, vitaminas, proteínas, grasas saludables y fibra, ayuda a pre venir el Alzheimer y los ataques al corazón. Pero tiene algunos problemas, y no solamente relativos al precio (puede costar entre 6 y 8 veces más que la leche de vaca), sino a la sostenibilidad.

Efectivamente, en internet se pueden encontrar muchos artículos que resaltan que mientras las almendras pueden ser beneficiosas para la salud humana, no lo son tanto para el planeta. Se calcula que para producir una sola almendra se gasta de un galón de agua (unos 5 litros). Ahora bien, el 80% de la producción mundial de almendras ocurre en California, que ha sufrido estos años la peor sequía registrada (o la más severa en 1200 años). Como comparación cabe destacar que se necesitan 100 litros de agua para producir 100 mililitros de leche; la diferencia está en que las vacas pueden ser criadas en muchos climas, incluyendo (y especialmente) en zonas donde llueve mucho y hace bastante frío, pero las almendras solo pueden ser cultivadas en climas mediterráneos (secos y templados, como el de ciertos valles de California), donde la lluvia es escasa.

La ‘leche de soya’ es otra alternativa entre las llamadas ‘leches vegetales’, pero los cultivos de soya han sido cuestionados por ser causantes de la deforestación de millones de hectáreas de bosques amazónicos, además de que la mayor parte de la soya que se encuentra en los mercados es transgénica, característica que rechazan cada vez más consumidores, y especialmente los vegetarianos y veganos, y no solo por los recientes revelaciones del efecto potencialmente cancerígeno del glifosato, el herbicida usado habitualmente con este tipo de cultivos: la soya tiene una serie de “antinutrientes” y otras substancias que alteran el equilibrio hormonal. Uno es el ácido fítico, que interfiere en la correcta absorción de calcio, hierro y cinc, entre otros minerales (algo preocupante especialmente para mujeres adultas); también contiene fitoestrógenos que podrían incrementar el riesgo de cáncer de mama; y contiene bastante aluminio, asociado con ciertas enfermedades del sistema nervioso.

En general, la mayoría de expertos recomiendan consumir moderadamente productos de soya fermentada, como salsa de soya, pero evitar los productos de soya sin fermentar, incluida la leche de soya, porque pueden perjudicar seriamente la salud (ver por ej. https://www.dsalud.com/reportaje/la-leche-de-soja-y-los-productos-elaborados-con-soja-sin-fermentar-no-son-aconsejables/)

Los granos andinos han sido vistos como una posible alternativa a la leche, dado su alto contenido de proteínas, minerales y otros nutrientes esenciales. Ya se puede encontrar en el mercado algunos productos bebibles de quinua, grano que además de no contener gluten (algo importante también en el mercado de alimentos por el gran número de celíacos) contiene todos los aminoácidos esenciales, además de cantidad de vitaminas y antioxidantes, entre otros nutrientes. La posible combinación de granos andinos con algunos frutos de palmeras amazónicas ricos en grasas saludables y muy agradables al paladar (grasas escasas en dichos granos) es una excelente alternativa para complementar el perfil nutricional de posibles sucedáneos de la leche de vaca, un mercado ya enorme que se prevé crezca mucho en las próximas décadas.

Volviendo al tema del título de esta nota: según algunos modelos de computadora, si se deforestase la Amazonía se produciría entre un 10 y un 20% reducción de lluvias en el oeste de  EE. UU. , y una reducción del 50% de la nieve en Sierra Nevada de California. Sabido es que este estado, además de almendras, produce el 20% de los alimentos DE EE.UU., pero padece una escasez creciente de agua y ha sufrido recientemente la peor sequía de los últimos 1200 años. La Amazonía también es un gran regulador del clima hemisférico, y su destrucción afectaría  desde el cinturón granero y ganadero al sur (Brasil y Argentina) y al norte (Colombia y Venezuela), hasta los huracanes del Atlántico.

Actualmente se calcula que la Amazonía ha perdido aproximadamente el 20% de su cobertura vegetal por expansión de la frontera agrícola, pero según cálculos de investigadores de Carnegie Institution, la degradación de los bosques por tala selectiva representa un 47% adicional de emisiones de carbono (Asner et al. 2010). Esto quiere decir que no estamos ya muy lejos del umbral que establecieron algunos expertos para la Amazonía: más del 40 % de deforestación puede cambiar drásticamente el clima regional y convertir a la cuenca amazónica en una gran sabana (ver Nepstad et al. 2008).

Esto puede ser un argumento muy fuerte para negociar con los gobiernos de los países occidentales, y especialmente a EE.UU., un significativo incremento de la cooperación orientada a la conservación del bosque amazónico. Y también, y esto quizás es aún más relevante, puede ayudar a inducir a consumidores de esos países ricos del norte a que consuman productos con insumos provenientes de bosques amazónicos manejados por las propias comunidades (incluyendo sucedáneos de leche con pulpa de frutos de palmeras silvestres), para contribuir a mitigar el cambio climático al mismo tiempo que se alimentan de forma saludable. Estoy seguro que muchos vegetarianos y veganos y un gran porcentaje de la cada vez más ambientalmente sensible generación de los “milennials”, se apuntarían al toque a este consumo ambientalmente responsable. 

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