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OPINIÓN: Sobre la importancia de reconocer al otro como humano

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Ocurrió durante la clausura del congreso nacional de ornitólogos, o “pajareros” como algunos nos llaman, en Piura, hace unos años. Para las palabras de cierre invitaron al ex embajador de Finlandia en Perú, Mikko Pyhala, gran amigo de nuestro país y gran aficionado a las aves. Con el carisma y calidez que caracterizan a esta extraordinaria persona, agradeció a todo el mundo por su contribución al éxito del congreso, y tuvo palabras para todos, mencionándolos por sus nombres… incluyendo al sonidista, al personal de servicio que atendía en las salas, a los guardianes y a otros.

Fue impresionante. Nunca había visto algo igual, ni aquí en Perú ni en los varios países donde he participado en reuniones y épocas de estudios. Don Mikko nos dio una gran lección de inclusión, de democracia, de ciudadanía, de cultura y de humanidad. Porque, finalmente, el éxito de cualquier evento o actividad no solo depende de las figuritas que aparecen en terno en la mesa de honor, sino de un sinfín de personas que ponen cada una su granito de arena al proceso.

Yo sé que ese fue un día especial para muchas de las personas mencionadas por don Mikko, solo por escuchar sus nombres a través de un micrófono en una sala abarrotada. A todo el mundo le gusta que le reconozcan por su trabajo, que lo respeten, que lo traten ‘como gente’.

Y sin embargo, no todos tratan como personas a quienes desempeñan trabajos humildes como tales. Un simple test a los lectores: ¿Saludan ustedes con cortesía (similar a la que emplean con los profesionales con los que interactúan) a los empleados de limpieza o vigilantes en su trabajo? Yo he comprobado que, al menos para algunos, estas personas son de facto invisibles para muchos… Más aún, ¿saludan igual a los que les cuidan o limpian su vehículo, o les piden una limosna en la calle? ¿Tiene entre sus amigos a alguien de una clase social “diferente”?, ¿lo invita a su casa? 

Y sin embargo, todos ellos son gente, personas, que puestos en la balanza el día del Juicio Final (la mayoría de los peruanos se declaran creyentes) es posible que pesen más que muchos de los que se creen superiores. Porque allí no valen títulos, apellidos, cuentas bancarias, tintes cutáneos o indumentarias. Eso es al menos lo que dice el Evangelio, y por eso crucificaron a Jesús y mataron a unos cuantos miles de cristianos a lo largo de la historia: declarar la igualdad intrínseca de todos los seres humanos, en esos tiempos de jararquización máxima y de emperadores y reyes endiosados era algo inconcebible y revolucionario. Y parece que en algunos aspectos lo sigue siendo. 

No me cabe duda que solo grandes personas llegan a un nivel de madurez humana y ciudadanía como para mostrar gestos como los de Don Mikko. Un ejemplo es Einstein, que decía: “Hablo a todos de la misma forma, ya sea el basurero o el presidente de la universidad".

Leo en un artículo de Marco Barboza, citando a J. Cotler, un dato impresionante: En 1966, de 499 entrevistados en seis comunidades indígenas y en una hacienda del departamento del Cusco, el 52 % se encontraba de acuerdo con la afirmación “los indios han nacido para servir y obedecer al misti”Lo que no nos dice la encuesta es qué porcentaje de los ‘mistis’ pensaban lo mismo. Probablemente cerca del 100 %. ¿Y hoy día? Entre los indígenas, probablemente el porcentaje de los que se sienten inferiores a los blancos habrá bajado a niveles insignificantes, pero entre los miembros de los sectores más acomodados, no estoy tan seguro que los porcentajes hayan bajado tanto. Nada más hay que ver las expresiones racistas y clasistas que se escapan a algunas gentes, escudadas tras el anonimato del Twitter o del Facebook, o en inopinadas diatribas callejeras.

“El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan”, decía K. Marx. Efectivamente, si evaluamos las causas profundas de muchos conflictos sociales vemos que no solo se reducen a un tema económico: la falta de consideración y respeto provocan resentimiento, desconfianza y hasta odio, lo que hace muy difícil luego llegar a cualquier negociación y acuerdo.

Creo que un poco más de respeto en nuestras relaciones cotidianas ayudaría sin duda mucho a la paz social y al bienestar de la sociedad.

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