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Cuentos de viajeros: Hungría III

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Ya hemos llegado, varios bloques de edificios comparten un gran jardín, aquí se queda aparcada su bicicleta con la que va y viene cada día, con lluvia o con nieve, desde su distante oficina en una reconocida firma nacional en la que labora como diseñadora artística. Mi amiga se felicita de tener trabajo estable a pesar de que su sueldo apenas alcanza para una vida bastante recatada. Esta es la realidad de gran parte de empleados europeos de clase media, tienen jubilación y seguro y parece que nada les falta, pero si tienen coche se cuidan de no moverlo por no pagar parking ni gasolina, para ir a cenar con los amigos o al teatro hay que pensarlo tres veces, para las vacaciones hay que pensarlo todo el año. El apartamento es tal vez de la segunda mitad del siglo pasado, verdaderamente agradable, amplio y de techos tan altos que según me dice no hay cómo calentarlo en invierno, pero en cambio tiene un balcón florido que se asoma a otro jardín interior y la decoración hippy es encantadora. Como lo fue su sonrisa al darme la bienvenida cuando me hizo el honor de invitarme a entrar en su hogar.

Salimos temprano directamente hacia el Danubio, voy a su encuentro por primera vez y al fin lo descubro, ancho y vigoroso ¡qué impresión tan inmensa! A pesar de los numerosos vapores que lo surcan está bastante limpio puesto que hay patos nadando, también negros cuervos revolotean sobre nuestras cabezas. La visión de ambas márgenes perturba mi ánimo por su esplendor. Tiene tanta historia este río que necesitaría varias páginas para hacer una breve semblanza, lo conocemos como el Danubio azul pero en esta parte de su trayectoria es de un verde profundo. En verano lo cruzaban nadando o en barquillas, en invierno se congela, hasta el siglo XV lo atravesaban a pie y en coche de caballos. Fue el conde Esteban Széchenyi quien después de haber visto el Hammersmith lo hizo construir por un ingeniero inglés (entre 1839 y 1849), casi una copia del puente colgante sobre el Támesis aunque los cables han sido sustituidos por eslabones rígidos, de ahí su nombre: “Puente de las cadenas”, el más antiguo que  cruza el río.

Ya estamos en Buda, subiendo alegremente la cuesta que conduce a las murallas de la fortaleza, las cuales albergan un barrio completo con aspecto de un pueblecito de cuento de hadas. El colosal Archivo Nacional y una iglesia casi contigua tienen los tejados más extraños del mundo, observo que son varios los edificios en Buda que ostentan semejantes dibujos geométricos. Torres, palacios y casas de refinado estilo arquitectónico, calles y plazas empedradas. Bajando por una callejuela casi oculta junto a la catedral hay incluso un conjunto residencial que es un hechizo, con jardines repletos de rosas. Aunque le llaman “el Castillo” ya no lo hay, no obstante cada centímetro aquí respira historia. Perfecta paz y armonía estética son quienes imperan dentro del cinturón de la muralla del Castillo. En realidad se trata de una reconstrucción pero no por eso deja de ser una gran obra de escaleras en piedra, de corredores y balcones asomados al Danubio ¡valió la pena mi esfuerzo de llegar hasta aquí! Además por el placer de admirar la ribera de Pest desde sus almenas. De pronto el equilibrio reinante se desgarra a causa de un gran estruendo, son los cañones de la Plaza Mayor del Castillo. Cuando veo acercarse a la caballería montada y uniformada con sus altos gorros le insisto a Mariann para regresar a la Plaza, seguro que hay un espectáculo.  

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