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Cuentos de viajeros III: Héraklion, por Elvira Roca-Rey

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Es el nombre que hasta hoy ostenta el antiquísimo puerto de la real Knossos, desde aquí partían los antiguos minoicos en sus navíos hacia las islas Cíclades y las de Anatolia (actual Turquía). En sólo tres días empujados por el viento podían desembarcar sus mercancías en el Delta del Nilo, o en las costas de Chipre y de Libia. Los “magnánimos cretenses indígenas” como los llamó Homero refiriéndose a los minoicos en la Odisea - escrita muchos siglos después de que esta cultura se extinguiese, debido principalmente a la terrible erupción del volcán de Santorini ocurrida hacia 1.639 AC - parece que ocasionaron en parte la desforestación de su isla a causa de la incesante labor de los astilleros. Empero su obstinada osadía condujo a sus embarcaciones más allá del Mar Egeo, hacia destinos insospechados. 

La palabra “kaftí” aparece en los jeroglíficos egipcios para denominar a los “hombres de la isla”, sin embargo se desconoce su lengua original y cómo se llamaban a ellos mismos. Se han encontrado numerosas tabletas de arcilla con un singular sistema jeroglífico pero no han podido ser descifradas hasta la actualidad. Hiráklion fue llamada así en honor al héroe Herakles a quien rendían culto los isleños y aquí tuvo su santuario. Hoy en día es un puerto encantador y la capital de Creta, en donde los ferris acodan a diario cargados de turistas. Pero dejando de lado a los extranjeros, deseo hacer hincapié en los lugareños tan conocidos en el resto de Grecia por su particular temperamento, pues tienen fama de ser amantes desenfrenados; indolentes, indisciplinados o tenaces, según les viene en gana; arrogantes y arrojados; bailarines, juerguistas y alegres como nadie. Yo en esta misma columna, hace tiempo atrás, me ocupé de uno de ellos llamado Pedro de Candia, quien llegó a Tumbes junto a Francisco Pizarro y participó en la conquista del Perú.  

Aquí llegaron también los venecianos en el s. XVII dejando fuentes, iglesias y elegantes palacetes en el centro de la ciudad (como “la Logia”) que permiten a mi imaginación reconstruir episodios de esa parte de la historia de Creta. En la mañana de calles abarrotadas de viandantes, de risas y aroma de café, de radiante luz que penetra nuestro ánimo e invade cada una de nuestras células, escucho las sirenas de los barcos llamando desde el puerto.

Nos dirigimos hacia el Museo de Iráklio, aquí se halla concentrado el mayor tesoro del arte minoico, (otro importante bagaje lo contiene el Arqueológico de Atenas). Una de mis primeras sorpresas es encontrar una lograda reconstrucción en escala reducida de Knossos, la maqueta de madera pulida que ocupa una gran parte de la sala nos muestra el Palacio en su integridad, idéntico a como fue en su época de esplendor. ¡Cuán intensa habrá sido la emoción de Sir Arthur John Evans al descubrir sus ruinas! Era muy joven cuando visitó al célebre arqueólogo Scheliemann en Atenas, pero allí lo intuyó todo, principalmente intuyó que había una escritura anterior al alfabeto griego. Recién en 1894 se reúne por primera vez aquí con el arqueólogo Minos Kalokairinos, pero el gobierno turco-otomano que poseía Creta obligaba a los investigadores a comprar la tierra si deseaban excavarla, seis años después Evans consiguió convertirse en el feliz propietario de las ruinas.

Frente a mis ojos tengo el famoso disco de arcilla, debe de tener unos 15 cm de diámetro, sus misteriosos jeroglíficos circulan en espiral repitiendo un mantra y hasta ahora siguen siendo indescifrables. El Museo nos ofrece una colección invalorable de piezas de todo lo imaginable, desde ollas de cerámica neolíticas (decoradas hace 7.000 años) hasta los más refinados frescos del Palacio de Knossos, Phaistos y Maliá, entre ellos mi predilecto: “príncipe sosteniendo unos lirios”.  

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