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Cuentos de viajeros IV: Candia, por Elvira Roca-Rey

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Creta es una isla de altas montañas con algunas cascadas. Me deslizo por la carretera como hipnotizada al contemplar la mañana reflejada en las aguas transparentes del Egeo, el autobús asciende al borde de la costa rocosa cuajada de pinos y de cedros para luego descender  hasta el puerto de Réthymnon. ¡Es éste un rincón del mundo absolutamente encantador! Siendo el territorio tan excesivamente sísmico a causa de la vecindad del volcán de Santorini, es un milagro encontrar un centro histórico del s. XVI prácticamente intacto. Los vestigios dejados por vénetos y turcos le han otorgado una pátina semejante a una antigua moneda de oro en cuyo grabado descubrimos estrechas callejuelas y casas venecianas aún en pie. Aquí también encuentro una hermosa fuente, una “Loggia” y, al igual que en Iráklio, una maciza fortaleza sobre el mar desde la cual los venecianos controlaban el tráfico comercial a la vez que la permanente amenaza de un ataque por parte de los piratas. Mucho más antiguo aún es el faro que domina la bahía, desde las alturas del farallón, parapetada tras los anchos muros de piedra, puedo divisar en lontananza los barcos piratas acercándose al faro, puedo oír a mi lado el estruendo de los cañones venecianos. Aunque resulta obligatorio comentar que no siempre la amenaza marina venía del extranjero, pues cuando la Serenísima República invadió la isla ya los nativos cretenses se habían granjeado a través de los siglos la fama de piratas.

Los turcos-otomanos también dejaron lo suyo, en realidad encontramos mezquitas sembradas como champiñones, con sus esbeltos minaretes diseminados por las tres ciudades principales de la isla. La antigua de Nerandze es una pequeña joya, también la primigenia catedral de Santa María de los Angeles que fue transformada en mezquita por el sultán Ibrahim es remarcable. 

De nuevo en marcha, llegada la tarde hemos enrumbado hacia Xanniá (Janiá en griego). Toda la isla fue llamada “il regno di Candia” por los vénetos, desde su conquista entre 1205 y 1212, pero antes de esto Creta había sido conquistada por las hordas de los francos. Cuando la Cuarta Cruzada disolvió el Imperio Bizantino, en la repartición que hicieron los líderes, le tocó Creta a un tal Boniface de Montferrat, y quedó bajo dominación de los cruzados francos hasta 1204. Cuento todo este embrollo histórico para que podamos verificar las incontables culturas que han pasado por esta tierra. Si me permiten retomar el hilo de Ariadna: recordemos que sus primeros pobladores llegan por mar desde Anatolia hace 7.000 años. Varios milenios pasan en pacífico aislamiento. Convertidos en los eximios navegantes minoicos entablan estrechas relaciones comerciales con diversas naciones, incluso más allá del Egeo como ya he comentado, gracias a lo cual se nutren de un curioso cocktail de impactos culturales. A parte de este abanico de influencias, llegan los micenos desde el Peloponeso con su particular sello de identidad. Luego, en el 1.200 AC, desembarcan los dorios (otra cultura muy diferente a las que habían gobernado), y con ellos los cretenses son integrados a la Grecia clásica hasta el 67 AC. Enseguida la isla viene a formar parte de la provincia cirenaica del Imperio Romano. Luego es bizantina, pertenece a los árabes Abasidas y es reconquistada por Bizancio. A comienzos del s. XIII es veneciana, después otomana (bajo control egipcio), hasta que vienen los turcos. Finalmente es griega, pero llega la 2da Guerra Mundial y cae bajo domino alemán, para liberarla llegan a continuación los británicos pues aquí se habían refugiado los nazis hasta 1945, cuando ya las tenían todas perdidas. Bueno, su historia es un verdadero “arroz con mango”. 

Los antiguos helenos la llamaron Krete, los vénetos Candia, y esta bella ciudad veneciana lleva el mismo nombre. Descubro una mezquita hermosa junto al puerto donde reposan las barcazas de los pescadores. El ocaso tiñe de dorado las fachadas de las magníficas casas vénetas que miran al mar, en la marina una animada muchedumbre disfruta del crepúsculo sentada en las terrazas. Yo me he quedado absorta contemplando el faro que ilumina el horizonte marino mientras sigo rumiando nombres en mi memoria: el rey Minos… El cruzado Montferrat… Pedro de Candia… Doménikos Theotokópoulos, llamado “el Greco”… 

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