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El versátil concepto de la belleza

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Aunque todos en este momento compartimos el mismo planeta, los Pigmeos (que con frecuencia no llegan a 1 metro de estatura) no coinciden en cuanto a sus apreciaciones estéticas con un escandinavo, por ejemplo. Sin embargo esta tribu encuentra a sus mujeres muy atractivas y por ello se vienen reproduciendo desde los albores de la civilización. Vamos a suponer cómo hubiese reaccionado un Inca si le presentaban como obsequio a una mujer escandinava: es probable que la transparencia de su piel y de sus ojos lo hubiesen espantado, a lo mejor mandaba ejecutar a quien pretendía alagarlo con semejante concubina, sospechoso por intento de asesinato por medio de aquella bruja de cabellos desteñidos como las momias. Imagínense los ojos de una antigua emperatriz china contemplando por primera vez a un negro que le han ofrecido como esclavo. Tampoco creo que encontrase hermosa a una prisionera china el jefe de una tribu sudafricana. Y no es porque todos coinciden en un color similar de epidermis que por eso comparten los mismos cánones en relación a la belleza. Una hembra pigmea mira a un ejemplar masculino de la tribu vecina con tanto horror como si viese a King Kong. Los Khoïkhoï - una de las más arcaicas razas de Africa del Sur - hasta no hace mucho tiempo atrás acostumbraba a engordar a algunas mujeres encerradas en una jaula para inmovilizarlas, a la más obesa entre ellas la nombraban “la Vénus” de la tribu y le rendían honores como a una diosa de la fertilidad. Los Watusi en cambio son muy altos y extremadamente delgados, por eso un varón khoïkhoï miraría a una fémina Watusi como a una africana resucitada.

¿Y cómo miraría un campeón de Zumo japonés a la top model de mi juventud llamada Twiggy? Esta anoréxica inglesita de los alegres años 60 inició la moda de las maniquíes “campeonas de natación” (nada por delante y nada por detrás). ¿Y qué cara podrían si las reuniésemos a todas ellas en un Museo frente a una colección de cuadros de Rubens? Lo más probable es que en su fuero más íntimo, en medio de un glacial silencio, se pusiesen a maldecir a sus empresarios, a la Twiggy y a todos los demonios que inventaron la moda de la delgadez, envidiando los desmanes gastronómicos que pudieron gozar aquellas rollizas vénus del célebre pintor alemán, y deseando (como muchas de nosotras) un retorno a los ideales estéticos y eróticos del siglo XVII.

Imaginemos ahora que transportamos a esos mismos personajes de los cuadros de Rubens al Metro de Nueva York, ¿qué pensarían respecto al concepto de la belleza que ostenta el siglo XXI al observar a un grupo de punkies envueltos en sus sórdidos abrigos negros, con sus penachos azules, full tatoo, el rostro atravesado por imperdibles y piercing de perlas metálicas en la lengua? ¿Ustedes suponen que en la hora actual un joven estudiante de la Universidad de Cuzco aceptaría con agrado que sus padres hubiesen tomado la decisión de deformarle el cráneo cuando era niño alargándolo por medio de tablillas, colocando además discos de oro en sus lóbulos, a pesar de que con estas muestras podría demostrar su alcurnia descendiente de “orejones ”?

Toda esta charlatanería es sólo para evidenciar que el concepto de belleza ha sido y sigue siendo uno de los bastiones más fútiles de la historia, (si lo consideramos únicamente desde el punto de vista occidental). En primer lugar porque de continuo ha representado un ideal cambiante, por lo que carece de consistencia. En segundo: porque en verdad adolece hasta ahora de pura banalidad, pompa de jabón, ideal erótico-estético de carácter camaleónico de acuerdo a los caprichos de la moda. Está previsto y decidido que el hombre del futuro será una especie de esclavo de la cibernética, tantas horas sentado ante un ordenador terminarán a la larga por modificar su estructura física, aunque esto pueda tomar siglos. No puedo dejar de fantasear imaginándolo como una especie de ET de tez verdosa y antenas. La última pregunta: ¿qué irán a exclamar las estatuas de proporciones áureas del Museo del Acrópolis ante semejante imagen? 

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