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La residencia de Poseidón I, por Elvira Roca-Rey

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Foto: nauticadvisor.com

Es ésta excelsa emoción contenida en su verso la que me invade ahora, el camino se hace largo porque así lo deseo, desde mi asiento del autobús contemplo las azules islas y dejo que mi alma flote libremente sobre el Golfo Sarónico, invoco a los dioses del Olimpo para que este viaje no acabe nunca, por la ventana semi abierta entra la brisa del final del verano, respiro lentamente, el numen marino irrumpe en mi torrente sanguíneo. Mi cerebro recargado de yodo proyecta imágenes de modo acelerado, siempre soñé con llegar a Itaca, ahora me dirijo hacia el Sur, llegar a Cabo Sunio, allí donde se dan encuentro los dos mares, para mí significa lo que para Odiseo significó su isla, la meta de un peregrinar impreciso e imperecedero. Nuestro destino nunca alcanzaremos, el camino mismo es la única Itaca que existe, y no debemos desaprovecharlo ni un solo instante. “Si una excelsa emoción anima tu espíritu y tu cuerpo”, reza un verso de Konstantino Kavafis que a principios del siglo pasado escribió este visionario poema, el que termina de modo magistral: “Colmado de experiencia y de sabiduría, habrás finalmente comprendido qué significan las Itacas”.

La costa sureña dibuja sus contornos caprichosos sobre las aguas cristalinas, ya sube y baja serpenteando por las colinas rocosas, ya se abre en una ensenada arenosa con forma de herradura semejante a una inmensa laguna de color zafiro con las islas al fondo. El pino mediterráneo, el olivo, la higuera y el maguey cubren la superficie rocosa, en cada curva una pequeña caleta con grutas como grandes ojos que me miran desde el acantilado, allí es donde habitan las ninfas marinas llamadas “nereidas”. Desde siempre estas aguas estuvieron infestadas de piratas, cuando no acechaba la flota enemiga, por eso aquí y allá sobre las puntas aparecen altas torres derruidas que en la antigüedad sirvieron para divisarlos, pero también imagino la alegría de los pescadores extraviados, o de los guerreros atenienses de vuelta a la patria, al atisbar las atalayas brillando en medio de la niebla nocturna. 

Estas mismas aguas paradisiacas permanentemente son surcadas por frágiles embarcaciones de migrantes que con frecuencia naufragan, en ellas cada día muere ahogada mucha gente que intentaba cruzar hacia la otra margen de su destino y que no encontró el faro que pudiese salvarlos.

Finalmente hemos llegado al legendario Cabo Sunio - la punta más extrema de la Península Atika - donde el dios de los mares erigió su morada sobre la alta roca para poder contemplar desde la isla de Kio hasta el Peloponeso. Fue éste un puerto estratégico, cuando la ciudad-estado de Atenas controlaba el paso desde el Mar Egeo hacia el Golfo Sarónico y hacia el puerto principal, el Pireo. También el asentamiento humano instalado en este cabo fue decisivo para supervisar la Península de Lavrión muy rica en minas de plata, gracias a lo cual Atenas emergió durante el siglo V  AC. como el líder indiscutible. Aparte del pueblo de pescadores que habitaba en las faldas del acantilado, una comunidad de marinos residía con sus familias dentro de la ciudad fortificada, hasta ahora se puede ver en la playa el embarcadero desde donde zarpaban sus barcos de guerra. Una muralla pétrea rodea la parte alta de la gran colina rocosa y en su pináculo se alza la residencia divina edificada en mármol. Para admirar al sol cuando se oculta en el Golfo Sarónico he tomado asiento sobre una peña al filo del precipicio, tengo la impresión de ser un mascarón de proa, el mundo ha quedado atrás, únicamente la presencia de Poseidón en su blanco templo a mis espaldas, la nubes escarlatas me quitan el aliento. 

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