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Seguro que hay un paraíso esperándola

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Foto: best-wallpaper.net

Quisiera ser capaz sobre esta página en blanco de expresar mi pesar por la partida de una valiosa mujer que acaba de fallecer en Lima, a los 102 años de edad, por la que no es difícil sentir espontánea admiración al escuchar su historia. Antes que nada debo aclarar que se trata de la hermana mayor de mi padre, nunca pregunté su nombre y si alguna vez me lo dijeron lo he olvidado pues todos la llamábamos Maricucha. Nació en tiempos de la Primera Guerra Mundial, cuando el mundo  era diametralmente diferente a lo que es ahora. Ella y sus siete hermanos vivían en una hacienda más o menos cercana a Lima, no sé si nació en Carapongo, o tal vez en Huachipa pues mi abuelo era administrador de algunas de ellas en el Valle de Chillón, de lo que sí estoy segura es que llegaban a Lima en un coche de caballos al que llamaban berlina. Me viene a la mente el viejo álbum de mi padre donde junto a la foto de la berlina aparecía otra de una tía bisabuela y abajo estaba escrito: “ésta se dio de bofetadas con el diablo en la calle de Polvos Azules”. 

Durante un largo siglo esta reliquia de mujer llamada Maricucha fue testigo de los más asombrosos descubrimientos del siglo XX. Hasta que perdió su lucidez (hace apenas unos pocos años) no sólo comprendió y asimiló el cambio monumental por el que atraviesa aceleradamente la humanidad, sino que logró participar en éste de manera activa. Muy joven se casó con un minero que nada tenía que envidiarle al más osado entre los que se aventuran a internarse en el vientre de la Tierra. Mi tío Fausto Valdeavellano y esposa se instalaron en las alturas de no sé qué cordillera en una cabaña junto a una mina - no me extrañaría que fuese una mina abandonada - sólo sé que allí sobrevivieron muchos años y que las mujeres de los mineros supieron hacer su faena de comadronas al traer a este mundo a mis primos mayores.  De manera que Maricucha se los echó a la espalda y salió hacia la puna donde pastoreaban para aprender a utilizar el huso. Muy pronto aprendió a manejar el telar, enseguida consiguió varios telares y organizó su primer taller de tejidos con sus comadres enviando la fina mercancía a la capital, esto sucedía hace unos 70 años tal vez, cuando el Perú era un país muy atrasado aún y los limeños se negaban a aceptar la propuesta de una “nueva moda autóctona”. Con el tiempo la familia se desplazó de regreso a Lima, pero en esa sociedad cerrada de los años cincuenta esta combatiente abeja que había abandonado su ciudad ya no encontraba su lugar, ni era tampoco eso lo que ella buscaba.  

En la Garcilaso de la Vega tenía mi abuelo su casa larga como un tren con balcones de madera sobre la avenida que entonces se llamaba Wilson, Maricucha en la habitación del fondo perseveraba junto a su cofradía de fieles obreras en su pequeña industria de tejidos indios. Mis primos eran seis, jugando a las escondidas cruzábamos dando de gritos un oscuro salón donde mi abuelo Bernardo guardaba más de una momia envuelta en su fardo durmiendo su eterno sueño en una esquina. Recuerdo también en esa penumbra los ceramios amontonados que traían los huaqueros. Cuando murió el abuelo se mudaron a la casona llamada “manicomio Balta”. 

Era la típica casa de madera miraflorina - de principios del siglo pasado tal vez - con sus dos torreones puntiagudos de tejas oscuras sobre la bajada del malecón Balta, mas la belleza nunca es duradera, un día al pasar por allí vi con inmensa nostalgia que la habían demolido.  Desde la ventana yo miraba a lo lejos el Pacífico, tres de mis primas habían entrado de novicias en el convento y yo había heredado su habitación, las otras dos se entrenaban en la conversión al comunismo, que viene a ser lo mismo, y me prestaban sus libros. A la derecha de la entrada de la casa tenía mi tío su despacho, por éste circulaban mineros y minerales de todo tipo durante todos los días de la semana. En el ala izquierda de la planta baja había montado Maricucha su panal de abejas laboriosas.  En el segundo piso estaban las habitaciones, allí también vivía mi primo Fausto con su joven esposa noruega Marianne (quien con los años llegó a ser reconocida como cineasta peruana) y por esta razón también llegaba a la casa mucha gente vinculada a los quehaceres cinematográficos. Viejos, colegiales, curas, monjas, mineros, cineastas y tejedoras circulando por escaleras y habitaciones, sin reglas de tráfico ni horarios, en la larga mesa del comedor siempre alguien comiendo quinua, decenas de personas hablando todos a la vez, por encima de la cabeza del otro, de temas diferentes, y no obstante todos coordinando su labor a las mil maravillas, de ahí la chapa de “manicomio Balta”, mi entrañable escuelita de la vida.    

Desde allí enviaban las confecciones a la boutique que tenía mi tía en la calle Shell, llamada “ValRó”, entonces por primera vez se incorporaban elementos étnicos a la moda peruana, los primorosos tejidos indios que por tantos años venían trabajando intentando integrarlos a las prendas de vestir modernas ¡por fin  sobre las pasarelas de los desfiles de modas en los grandes Hoteles! Cuando en esa época tal aventura parecía del todo impensable. Andando el tiempo la nombraron “Madre peruana”. Muchas otras cosas podría yo contar acerca de esta extraordinaria y amorosa mujer, pionera de la moda peruana, pero ya no queda espacio. Sólo agradecerle a su hija Paloma quien la cuidó hasta el final, y a todos sus hijos pues el cariño que le dieron fue causa de su longevidad. 

Gracias a su sincera y profunda devoción estoy tranquila, pues tengo la absoluta seguridad de que la Virgen de la Inmaculada del gran cuadro que colgaba en su salón por fin la ha recibido entre sus brazos. 

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