Hablando de amores

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Era un lunes por la tarde…nos abrazamos fuerte, lloramos juntos, ambos sabíamos que era la despedida. Un mes antes lo habíamos conversado, le pregunté qué quería que haga, le pedí que me ayudara porque yo era incapaz de decidir. ¿Cómo le dices adiós al amor de tu vida?

Él me miró fijamente, había vuelto de milagro de un sueño profundo del que creí, no regresaría. Pensó unos segundos y me dijo: yo te voy a decir cuándo, ahora solo quiero sentirme querido. Y así fue siempre, el hombre más amado por cuatro hijas y una esposa para quienes fue el centro de todo hasta el final de su vida, aun después.

“Ya estoy cansado, déjame ir” fueron sus palabras es tarde de lunes. Su lucha, la mía, la nuestra terminó y nos entregamos a lo inevitable. Lo que vino después es indescriptible, por primera vez experimenté y comprendí lo que es en realidad una pérdida. Todo lo vivido antes de eso, cualquier pena, cualquier tristeza, era nada.

Durante el último tiempo que estuvo a mi lado, dormimos abrazados y cuando nos invadía el insomnio hablábamos de mi niñez, rescatando recuerdos. Escuchamos  a Lucha Reyes y las cumbias de Hugo Blanco. Una noche susurró en mi odio que estaba orgulloso de mí, entonces abrí los ojos y le dije que todo era por él. ¿De verdad? Dijo. Absolutamente, para bien o para mal soy tu reflejo, respondí, nos reímos.

Tres años ha durado mi luto, y aunque aún es difícil vivir en un mundo sin él, ya puedo pensarlo sin quebrarme quedando una natural nostalgia por el tiempo que pasamos juntos y por ese que nos faltó.

Mi padre no fue hombre fácil, me decepcionó muchas veces pero al mismo tiempo me regaló  grandes alegrías, me hizo reír tanto que todavía lo hago cuando lo recuerdo. Fue, ante todo, mi amigo, uno al que sin vergüenzas pude contarle todo. No quiso cambiarme, me aceptó  sin más ni menos. Me conoció tanto que, como lo hace también mi madre, adivinaba mis pensamientos.

Jugó conmigo y mis hermanas siendo niñas, teníamos guerras de cosquillas, me peinó, me bañó, me planchó la ropa. También me regañó aunque, para ser honesta, el orden en casa lo ponía María, mi madre.

Lo manipulé, me manipuló. Algunas veces me mintió y yo también lo hice. Vimos juntos Tres Patines, el Chavo del Ocho, fútbol y  algunas novelas mexicanas. Hablamos de la vida, de la suya y la mía, de mis planes. Me apoyó, me ayudó, era mi hincha y yo la suya.

Durante mucho tiempo me sentí perdida, el consuelo me parecía inalcanzable, su ausencia me dolía y hasta la alegría me sabía a culpa. ¿Por qué cuento todo esto? Es que en todo este tiempo no he podido decirle que yo también le agradezco por amarme y dejarse amar. Que yo también estoy orgullosa de él y que le prometo que no habrá más tristeza ni más llanto. Que celebraré su vida y lo recordaré con alegría, que seguiré sus consejos, que me  levantaré si vuelvo a caer, que seré feliz.

Decirle que sé, con absoluta certeza, que un día volveré a escucharlo decir: “hola, corazón”.

día del padre
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