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¿Cuál es tu tesoro?

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Foto: minutosurbanos.tumblr.com

- ¿De qué viven en Costa Rica, cuál es su tesoro?

- El bosque.

- Pero de los animalitos y de la madera solo no pueden vivir.

- Bueno, vivimos de los gringos que pagan por ver el bosque y sus animalitos.

- ¿Y aquí en Loreto, cuál es su tesoro?

- El petróleo…

Este diálogo se produjo hace unos días entre un mototaxista y amigo costarricense de visita en Iquitos. Efectivamente, Costa Rica vive del turismo: con apenas 4.5 millones de habitantes, recibe más de 3.5 millones de turistas, principalmente ecoturistas, esos que buscan el contacto con la naturaleza. Es un modelo para el Mundo, ya que de ser un país ganadero y productor de café y otros productos agropecuarios (y muy competitivo, por la riqueza de sus suelos volcánicos), en las últimas décadas se ha reconvertido al turismo y a los negocios “verdes” (pagos por servicios ecosistémicos, y otros), y ha reforestado y convertido en áreas protegidas más de un 20 % de su territorio, lo cual es extraordinario para un país muy densamente poblado en comparación con Perú. En la COP 20 Costa Rica se comprometió a recuperar 20 000 ha adicionales de bosques para mitigar el cambio climático.

Costa Rica tiene 5’110,000 ha, es decir, caben siete costa ricas en Loreto. Y en Loreto nace el Amazonas, una de las 7 Maravillas Naturales del Mundo, y en Loreto está la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, catalogada recientemente como el segundo mejor lugar en el mundo para observar vida salvaje (precedida por Galápagos), y en Loreto tenemos récords de biodiversidad y una diversidad cultural asociada impresionante, con 34 pueblos indígenas…

Loreto recibía en los años 80 más de 40,000 turistas extranjeros al año, atraídos por la selva amazónica. En la cifra se redujo hasta más de la mitad, para recuperarse muy lentamente en los últimos años; mientras tanto, otros destinos amazónicos han superado a Loreto con creces: solo la Reserva Nacional Tambopata, en Madre de Dios, recibe cada año 40,000 turistas. Madre de Dios en los años 80 apenas recibía unos pocos miles de turistas. El espejismo de un supuesto desarrollo basado en el ‘oro negro’ puede que tenga parte de la culpa de este escenario.

“El petróleo es una maldición. El gas natural, el cobre y los diamantes también son perjudiciales para la salud de un país”, escribe el reconocido analista Moisés Naím, quien citando al también venezolano Juan Pablo Pérez define al petróleo como “excremento del diablo.” Efectivamente, esto es parte de lo que se ha dado en llamar “la maldición de los recursos naturales” (analizada en profundidad por el libro ‘Huyendo de la maldición de los recursos’ (‘Escaping the Resource Curse’, del nobel de economía Joseph Stiglitz y sus colegas Jeffrey Sachs y Macartan Humphreys). Los países ricos en recursos naturales tienden a ser subdesarrollado no a pesar de sus riquezas minerales y de hidrocarburos, sino por causa de su riqueza de recursos.

Cuarenta años, y cinco mil millones de dólares de canon después del descubrimiento del primer pozo petrolero en Loreto, esta extensa región cubierta de los bosques más biodiversos del mundo sigue compitiendo con el Sur Andino por los últimos lugares en Perú en indicadores sociales. El sueño de un desarrollo pintado de negro petrolero se lo llevaron la corrupción y la falta de visión de quienes administraron el recurso y debieron financiar una infraestructura productiva sostenible y acorde con las potencialidades y limitaciones de la región.

Con la estrepitosa caída de los precios del petróleo se despertaron los últimos soñadores: hoy ya no es rentable ni la explotación de lotes como el 67 de Perenco, que suspendió sus operaciones, y menos la exploración de nuevos campos. “El futuro de Loreto no es negro, sino verde, y no está bajo tierra, sino arriba”, le comenté al Gobernador de Loreto, a quien encontré por casualidad a principios de diciembre en el aeropuerto Jorge Chávez camino de la Cop 21 de París.

Y no estamos hablando de lo más obvio y de menor valor, la madera, que hemos saqueado sin manejo, sin formalidad, sin pagar precios justos a las comunidades y pequeños extractores, sino de los recursos de la biodiversidad en general. Hoy el consumidor informado de los países más desarrollados pide a gritos productos naturales, saludables, orgánicos de preferencia, y nuestra Amazonía es riquísima en ellos. Todavía tenemos felizmente bosques extensos ricos en palmeras, cuyos frutos pueden ser cosechados sosteniblemente por las comunidades, transformados localmente en productos cosméticos, alimentos funcionales y nutracéuticos, etc., y colocados en mercados nacionales y globales.

Este es realmente nuestro tesoro, y parece que por fin muchas comunidades amazónicas, funcionarios, organismos de cooperación y algunas empresas lo están comprendiendo y están apostando por ello. Pronto sabremos si este ‘sueño verde’ se hace realidad. 

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