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Cuentos de viajeros II: Creta, por Elvira Roca-Rey

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Foto: loquenuncaviste.com

Contemporáneamente al reinado de Minos y Pacifae los atenienses celebraban sus juegos olímpicos en los que participaba su hijo, el joven príncipe Androgeo, el cual es asesinado al finalizar la competencia en la que quedó campeón. Creta les declara la guerra, ayudados por la peste que oprimía a los asediados rinden Atenas y conquistan Megara. La victoria de Minos impuso sus condiciones, dicen que fue el oráculo de Delfos el que recomendó a los atenienses cumplir con determinado tributo: cada año (aunque unos sostienen que era cada tres y otros cada nueve) un grupo de catorce adolescentes, la mitad doncellas y la mitad varones, eran enviados para ser internados en el Laberinto donde vagaban perdidos hasta encontrar las fauces hambrientas del Minotauro. 

Pero el joven hijo del rey Egeo había decidido liberar a su patria de la condena de Minos, así Teseo se enrola voluntariamente como parte de la ofrenda con  intenciones de enfrentar a la bestia. Ya era la tercera vez que se cumplía el sacrificio de los catorce muchachos cuando el joven príncipe llega a Creta. Al ser presentadas las víctimas ante Minos, Ariadna, su hija favorita, se enamora perdidamente del hermoso Teseo y a hurtadillas le entrega un ovillo mágico, gracias al cual podrá encontrar la salida. El príncipe luego de degollar al temible Minotauro encuentra el camino de la libertad conducido por el hilo de oro que había dejado caer tras de sí, y exige la mano de la princesa Ariadna.

Knossos es un conjunto de edificios conectados por callejuelas entrecruzadas y meandros sin salida, de tal manera que todo el complejo palaciego es una maraña en sí misma. No obstante la mayoría de estudiosos sostiene que existió una construcción separada a la que llaman “el Laberinto de Dédalo”, donde se realizaban sacrificios humanos. Es a partir del periodo Neopalacial (1.700 AC) cuando la civilización minoica alcanza su cumbre, con los otros fantásticos castillos ya nombrados, además de Haghia Triada y  las necrópolis encontradas. Es sobre todo durante los próximos 250 años que se va a producir un salto cualitativo en la sociedad, gracias también al desarrollo del comercio marítimo que aporta innovaciones en todo sentido. 

Aquí algunas de las mansiones ostentan hasta cuatro pisos de gruesos muros de piedra, todas cortadas como por cuchillo. Estas pétreas edificaciones con sus ventanas y puertas rectangulares o trapezoidales, con sus dinteles de piedra pulida, me hacen recordar a los palacios incas. Pero aquí el contraste con la proliferación angulosa lo determina la serie de colosales pilares redondos que sostienen techos, zaguanes y terrazas. Sus colores, aunque sean una reproducción de los tintes originales, me dejan sin aliento: el negro en la corona superior mientras un intenso tono sanguíneo cubre las altas columnas del complejo, lo mismo que en ciertos muros, vigas y dinteles. Parece ser que todo el conjunto de palacetes diseminados mantuvo esta unidad cromática. Por aquí los graneros, pero además encontramos dispersas por esquinas y escaleras enormes vasijas de barro decoradas en las que se almacenaba aceite, vino y grano.

La ciudad de piedra se impone al ánimo de los peregrinos que la contemplan. Lo más impresionante resulta descubrir los muros pintados, obviamente han tenido que pegar grandes trozos de mural falso para poder reproducir el dibujo. Los originales que se han logrado salvar están todos en el Museo de Heraklión, o también en el gran Museo de Arqueología de Atenas. Son de una belleza sin par, a mi juicio muy influenciados por la estética egipcia. Sus colores son vivos (combinan el grana con turquesa y amarillo), sus personajes estilizados, los trazos del dibujo siempre bien definido, las escenas deliciosas. Hay de todo, pero ya les contaré en cuanto pasemos a las salas del Museo de la capital isleña, ahora debo buscar un abrigo, pues Zeus se ha puesto a tronar amenazador y las negras nubes surgidas de repente como en la Iliada han abierto sus panzas recargadas para azotar con violentas ráfagas de lluvia a estos míseros mortales que osamos visitar la morada de los hijos de los dioses.

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