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Cuentos de viajeros I: Santorini

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Una noche, cuando no sólo los hombres sino también el volcán dormía, los dioses caprichosos del Olimpo decidieron de repente despertarlo, Hefestos  “quien domina al fuego” lo atizó con su aliento. El volcán despertó furioso vomitando lava y en un abrir y cerrar de ojos el mar engulló a la mitad de la isla con sus habitantes. Ciertamente que estando tan cerca de Creta la influencia de los minoicos tiene que haber producido manifestaciones de su estupenda civilización también allí, pero todo lo que quedó fue un pedazo de isla desierta en forma de luna creciente. Cuando el actual visitante se asoma a la Caldera puede contemplar en el centro de la ensenada la cima del volcán, quien de nuevo simula estar dormido.

Fira es la capital isleña, la parte de la ciudad vieja situada sobre el barranco frente a la Caldera es sin lugar a dudas espectacular, la típica arquitectura autóctona de las islas del Egeo, con sus iglesitas de cúpulas blancas, y apiñadas unas sobre otras las casas que parecen de azúcar con sus puertas y ventanas pintadas de añil. En este espléndido mirador cientos de restaurantes y boutiques “hacen su agosto” gracias al ininterrumpido río de turistas que llega cada año, aunque en la baja estación no son tantos los que se acercan por aquí. Pero ahora es verano y la temperatura para cenar en las terrazas es perfecta. A los pies del acantilado se encuentra el paradero de los burritos en el Puerto Viejo, aquí vienen subiendo las recuas cargadas de turistas bajo la noche  estrellada, desde la terraza diviso toda la bahía y algunas luces parpadeando como luciérnagas en el islote donde se haya el temido volcán, desde muy temprano salen del Puerto Viejo veleros y catamaranes hacia el islote porque es posible bañarse en sus aguas termales.

Los alrededores de Fira son de un candor incomparable, ahora estamos en la parte más alta de la isla: suaves colinas cubiertas de viñedos, bosquecillos, aldeas de piedra, caminos de tierra sembrados de diminutas iglesias como palomas blancas, granjitas de conejos, carretas de burros y pastores con sus rebaños de ovejas ¡a sólo unos minutos del mundano laberinto turístico! Detenemos el coche en una de las tantas bodegas que merecen ser visitadas, una linda señorita nos explica el proceso completo de elaboración del famoso vino blanco de Santorini, desde los históricos tiempos en que sus antepasados sembraron las primeras viñas. Pasamos por las prensas en la tafona hacia la parte del bodegón donde almacenan los toneles, hasta que por fin llega el gran momento de la degustación que nos traen en bandeja: un plato de “dolmadakies”, (hojas de viña cocidas como tamalitos rellenos de arroz con carne) y una botella de oro líquido para que catemos el gran vino de Santorini.

Hay que salir muy temprano para no hacer la cola, hemos llegado a la punta sur de la isla antes de que abran el sitio arqueológico de Akrotiri, esto sí que es alucinante: los restos de una ciudad neolítica construida en piedra, con calles, tinajas de almacenamiento, canales y plazas, cuyos cimientos datan de más de 3.500 años de antigüedad. La nube de cenizas volcánicas que sucedió a la erupción ha preservado el lugar casi intacto, tal como ocurrió en Pompeya y Herculano al sur de Italia. Los muros de las casas decorados con hermosos frescos, los cuales se encuentran hoy en día en las salas de los museos como la célebre “procesión de los barcos”, que nos muestra el extraordinario nivel alcanzado por la civilización del mar Egeo en la Edad de Bronce. Muy cerquita de Akrotiri se encuentra la misteriosa Playa Roja.

Pero nadie puede abandonar esta isla sin haber visitado la pequeña ciudad de Oia, la punta norteña de la media luna, aún mejor conservada que el barrio antiguo de Fira. El conglomerado de viejas casas e iglesias colgando del precipicio es verdaderamente un espectáculo que agradecen nuestros sentidos, aquí también vemos las recuas de mulas cargadas de turistas trepando por la empinada cuesta hasta lo alto del despeñadero. Hilios, el sol, se está escondiendo tras el horizonte marino, iluminando de fuego las aguas del Egeo.  

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