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La casa común, el ambiente y la pobreza

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Foto: tunoticia.com.ar

Resultó muy entretenido leer la histérica reacción de ciertos opinólogos (básicamente seguidores fundamentalistas y defensores interesados del libre mercado como verdad absoluta y el crecimiento económico a como dé lugar) a la nueva e increíble encíclica del Papa Laudato si. El mismo documento preveía que habría reacciones, cuando dice: “muchos esfuer­zos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás.” (Ls 14) Los poderosos han visto amenazados sus intereses de enriquecimiento ilimitado, y reaccionaron ordenando a los comunicadores y “expertos” a su servicio que los cuestionasen y descalificasen, como así ocurrió y está ocurriendo.

Estas reacciones me recuerdan ese dicho de “botar el niño con el agua sucia de la bañera”: estos críticos no admiten nada bueno, o se fijan solamente en supuestos pequeños vacíos o errores, en vez de centrarse en los indudables y tremendos aciertos de este my influyente documento. En este caso, ni agua sucia es, sino algo de jabón, porque lo que los más ecuánimes admiten es que esta increíble encíclica es un documento sólido y coherente, bien estructurado y argumentado, válido no solo para católicos sino para cualquier hombre de buena voluntad sinceramente preocupado por el futuro del planeta. Cristianos de otras denominaciones, generalmente indiferentes a los documentos vaticanos, han mostrado un inusitado interés en este (he sido invitado a dos conversatorios organizados por ellos). Es una encíclica que ya ha dado ya mucho que hablar y cuyo impacto se sentirá en las próximas décadas. Y sin duda ha contribuido a que la mayoría de los países del mundo hayan firmado en estos días en Nueva York el histórico Acuerdo de París para enfrentar el cambio climático.

Esta búsqueda desesperada de las supuestas debilidades, vacíos o errores de esta encíclica les ha impedido a los críticos valorar los inmensos aspectos positivos. El texto por partes se convierte en un maravilloso y pedagógico resumen de socioecología, casi como una pequeña enciclopedia para gente común, sobre los problemas ambientales y sociales del planeta y sus posibles causas y soluciones (por ej., la contaminación, el cambio climático, la cultura del “consumismo obsesivo” y el descarte, el agotamiento de los recursos naturales y degradación de los ecosistemas, y como consecuencia la agudización de la pobreza y la desigualdad,  entre otros).

Y propone soluciones, basadas en una nueva cultura de solidaridad, de “austeridad responsable” (frente al actual derroche), y un desarrollo basado en valores como la compasión, la responsabilidad y la conciencia. Y aunque valora los avances y aportes de la ciencia y la técnica, previene contra “…la confian­za ciega en las soluciones técnicas” (14), por sí solas incapaces de enfrentar la crisis ambiental global, como algunos ingenuos afirman. También previene contra el “paradigma tecnoeconómico”, que no es otra cosa que una forma de poder que amenaza con arrasar la libertad y la justicia (53).

.El Papa habla en su encíclica del “desafío urgente de proteger nuestra casa común”, dada la grave situación de degradación ambiental que el materialismo y la avaricia humana han puesto al planeta. Esta degradación afecta especialmente a los más pobres, hace notar el Papa, dada “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta.” (16).

“Muchos pobres viven en lu­gares particularmente afectados por fenómenos relacionados con el calentamiento, y sus medios de subsistencia dependen fuertemente de las re­servas naturales y de los servicios ecosistémicos, como la agricultura, la pesca y los recursos fo­restales.” (25)

Este es precisamente el caso de la población rural del Perú, y en especial, de los indígenas amazónicos y campesinos altoandinos. Son los primeros en ver su economía y seguridad en riesgo por los extremos climáticos, que cada año se exacerban y arruinan cosechas y animales domésticos, especialmente en el Ande, o provocan inundaciones y aluviones que arrasan con poblaciones, cultivos e infraestructura. En la Amazonía los extremos climáticos afectan en particular a los recursos pesqueros y a la fauna silvestre, que constituyen la fuente más importante de proteína para las comunidades indígenas, afectando seriamente su seguridad alimentaria.

Pero Francisco no es un ambientalista radical, que pone a la naturaleza por encima del hombre, como algunos pretenden hacernos creer: en la encíclica también hace un llamado a buscar “un desarrollo sostenible e integral”, esto es, para todos. Esto implica que para acabar con la pobreza de grandes sectores de la población sí tenemos que usar recursos y este uso puede implicar impactos en el ambiente, que deben ser regulados y mitigados… Algo de lo que algunos ultramontanos no quieren ni oír hablar.

Frases como “la tendencia a privatizar este recurso es­caso (el agua), convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado” ha puesto muy nerviosos a los sectores ultraliberales que proponen la privatización de todo bien o servicio como solución a todos los males de nuestra sociedad. Estos no pueden acusar al papa de comunista (como sí hacen con los ambientalistas), pues las críticas papales a esta ideología política tampoco se han quedado cortas.

Amo a este Papa, como la absoluta mayoría de las personas a las que conozco, por lo que es y por lo que representa: un retorno a los orígenes y principios del mensaje evangélico y a la figura de Jesús, humilde, sensible a las necesidades de los pobres y los marginados, provocador, cuestionador y hasta irreverente frente a las convenciones sociales y religiosas que ayudan a perpetuar estructuras y prácticas injustas. Su mensaje hoy, como hace dos mil años el de Jesús, es una llamada de alerta a una sociedad cada vez más materialista e individualista, una llamada a reconciliarnos con nuestros vecinos y con la naturaleza para volver a hacer a este planeta un lugar más humano y habitable.

Es por esto que Francisco está acercando a la Iglesia a sectores que hacía mucho que la habían abandonado o que sentían recelo e incluso rechazo por sus formas y tradiciones. Estas formas ancladas en el pasado y aliadas con frecuencia con estructuras y valores sociales no precisamente cercanos a los valores evangélicos. Bien por él y por la Casa Común, la Tierra.

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