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¿Qué se fizo de la prometida "Aldea global"?, por Elvira Roca-Rey

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Foto: panoramio.com

¿Puede haber algo más opositor a la idea de unidad e integración que una alambrada de púas? Una de las perores lacras que ha inventado la humanidad es esta pesadilla de las fronteras. El acuerdo Schengen que eliminó las lindes de 26 países dentro de la Unión Europea no es más que una zona de ilusión, apenas vigente y prendido de un hilo.  A causa de la crisis de los refugiados que invaden Europa, el acierto de haber creado dentro de este continente un espacio común entre los países miembros (donde aún se puede circular libremente) se ve gravemente amenazado, más bien con visos de desvanecerse en el futuro próximo. En estos momentos, en el afán de frenar la ola migratoria de refugiados, un número importante de países de la UE ha sellado sus fronteras con vallas de alambre como en la guerra.

Una de las razones por la que ordenaron a Sócrates que se suicidase es porque repetía sin cansarse que él no era ni ateniense, ni griego, ni de ningún lugar específico, sino un “cosmopolita” (un ciudadano del mundo). Los políticos de la época juzgaron muy peligroso dicho postulado. 

Los conflictos fronterizos han sido siempre y siguen siendo el mayor problema internacional. ¿Qué sucedería si eliminásemos definitivamente el concepto de la demarcación territorial de las naciones? Nuestra era tiene innegables e incontables ventajas sobre un temprano periodo de la historia, pero nuestros antepasados más primitivos tuvieron la enorme ventaja de poder disfrutar de la circulación libre a lo largo y ancho de un espacio terrestre que nos pertenece a todos. No quedan más que tres opciones: o seguimos guerreando inútilmente entre nosotros (y aceptemos el hecho de que toda confrontación entre vecinos viene a ser el más doloroso de los conflictos, pues viene a ser una guerra civil); o deshacemos poco a poco las fronteras; o en última instancia tendremos que rediseñar el mundo, pues lo que tenemos como mapamundi hoy en día es una malhadada confusión. A través de los siglos y en todos los continentes por igual los reinos e imperios fueron delimitados por estrategas militares no por antropólogos, los territorios se iban anexando conforme a las conquistas por invasión, obviamente a la hora de definir los límites del nuevo reino o república los factores fundamentales que unifican a una nación - como es la raza, la lengua,  la cultura y tradición que unifican a un pueblo - fueron pisoteados. 

Para muestra un botón, en el caso del Perú: los mochicas o finalmente los Incas fueron ganando espacio e integrando a su imperio tribus totalmente ajenas a esta civilización; finalmente se establece el Tahuantinsuyo, en realidad un aglomerado de pueblos disímiles, antagónicos. Casi enseguida llagan los españoles y les arrebatan todo lo conquistado, inmediatamente les llega el turno a los libertadores criollos que los desposeen, entre ellos Simón Bolivar que decide dividir el Alto Perú inventando un país que lleva su nombre. Pero si es que no debería de existir ningún límite entre los aimaras, esto ha sido impuesto por los militares, la frontera entre Perú y Bolivia ha olvidado sus orígenes. El albur de que en cualquier momento los hombres que antaño fueron hermanos de pronto se enardezcan y salgan al frente para incendiarlo todo enarbolando cada uno su bandera, es un riesgo persistente. Nuestros países deberían eventualmente ser rediseñados basando los criterios en las razones expuestas además de las territoriales, por ejemplo: el país andino es uno sólo, la costa desde Colombia hasta el sur de Chile es otra idiosincrasia diferente, y otro tanto sucede con la nación amazónica. Lo mismo sucede en el resto de las fronteras no sólo del Perú sino del mundo. Esta fantasía debería de convertirse en un juego virtual, siempre y cuando desaparezcamos cualquier tipo de valla fronteriza. Pueden estar seguros de que si alguna mente lúcida  intentase proyectarlo con seriedad, va a entrar en estado de shock al verificar los sorprendentes resultados.

Pero a fin de no aburrir a mis lectores resulta forzoso abandonar mi propuesta de película de ficción. Seamos más bien pragmáticos, concentrémonos en realidades tangibles como el planeado muro de Trump en los linderos de México, entre muchos otros que van a ir levantando por todos lados si es que no sucede un milagro que logre desvanecer a la locura. Esta columna podría igualmente haberse titulado “Muros de contención, otro invento siniestro”.  

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