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Sueño de una noche de verano

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Según la leyenda, tal era la fragancia del Monte Hymeto que las abejas que allí libaban producían una miel tan dulce que hasta los reptiles dejaron de ser venenosos. En su cumbre se elevaba el templo de Afrodita. A fin de honrarla vino desde Tesalia un príncipe llamado Céfalo, quien habiéndose enamorado de Procris  decidió en el aquel soto ateniense establecer su morada. Al alba solía salir de caza por el sacro monte, tan hermoso era que la Aurora apenas lo vio se enamoró locamente del príncipe tesalio. Ocurrió que su esposa Procris, presa de celos de Eos, en medio de las sombras salió en su búsqueda. Al oír un crujido en el follaje, Céfalo por error, pensando que de un fiero felino se trataba, disparó insensatamente su flecha causándole la muerte. Cercano a su cuerpo inerte corría un riachuelo de aguas curativas, allí mismo erigieron una fuente con cabeza de león en su memoria.

Y pasaron los siglos dejando sus huellas de gaviota sobre las playas de Atenas. Empeñados en aniquilar el entero legado de la antigua Grecia, los primeros cristianos llegados en el siglo sexto empezaron la progresiva reducción a cenizas de las imágenes de los dioses y de sus templos. Entre ellos el hermoso templo de Afrodita, y sobre sus escombros  erigieron un santuario a la Virgen. Al cabo de otros seis siglos sobrevinieron los cruzados. Fue en aquellos tiempos - cuando los hombres creían poseer la sabiduría necesaria para entender aquello a lo que llamamos fe, mientras eran causa de muerte y de dolor - que cierto ermitaño buscó refugio al pie de la mítica montaña, fundando las bases del monasterio bizantino junto a la fuente cabeza de león y al viejo santuario de la Virgen, cuya capilla contiene un fresco muy valioso que representa a Juan Bautista, “Ioannis el precursor”.

Aquella tarde las malas noticias de los diarios y el extremo verano me obligaron a salir, tal vez el vino blanco aliviaría con su frescura el fuego negro que chisporrotea en nuestras almas ante la perenne amenaza de la guerra. La cual cada día siento más próxima y pendiente de un hilo, como espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Aparte también de ciertas zozobras personales que me tenían enredada entre la maleza en la que a veces se convierte la vida. Sí, aquella tarde tomé consciencia de que la mitad de mi vida su peso había doblado, y en verdad que me sentí perdida en una selva oscura. Por eso decidí subir al Monasterio de Kaisariani, y luego bajar a la hora del crepúsculo hasta la orilla del Golfo a refrescarme con un vino. Pero no sé cómo se hizo tarde y la penumbra cayó de golpe sobre la ladera. La silueta de los árboles me pareció siniestra, aquí los lobos campeaban en la antigüedad y yo podía escuchar sus lejanos aullidos. De pronto Vóreas, dios de los vientos, agitó el follaje con estruendo y desde la espesura surgió una criatura. Mitad arquero, mitad tigre, mitad espíritu volátil.

¿La visión de un héroe antiguo, conocedor del arte de la lucha contra las fuerzas del Destino? Sentí mi aliento escabullirse en la arboleda. Su figura se desplazaba elásticamente semejante a un felino, empero, llevaba un arco y un carcaj colgado a sus espaldas. Me sonrió, y su sonrisa era un remolino de hojas doradas ascendiendo hacia la luna. ¡Raro espejismo! Aunque sus brazos estaban recubiertos de suave pelaje atigrado, en vez de zarpas terminaban en manos de hombre. En medio de la nocturnidad su barba resplandecía cubierta de luciérnagas. A pesar de encontrarme en un estado hipnótico, curiosa como toda mujer, me atreví a preguntarle su nombre. “Ioannis precursor, nacido libre”, respondió. Su voz era un canto vibrando en mis oídos, mitad humano, mitad música de las esferas, y aún otra mitad sonaba como el ronronear del torrente que baja la montaña. “Esta selva es prodigio de vida, pero puede convertirse en una trampa. Sígueme, te mostraré el camino para salir del laberinto”, me dijo. Cada instante transcurría con extrema lentitud, ahora la fronda se abría amable ante nuestro paso, mi angustia se había ido disipando, la silueta de los árboles ya no mostraba su aspecto amenazador, las oscuras ramas habían reverdecido y mecidas por la brisa danzaban entre los rayos de luna. Al sentir sus dedos livianos como mariposas palpando mi frente recobré  la confianza en mí misma, y en el océano de sus ojos verdes por fin pude escuchar el rumor de las olas. Fue entonces, en el sueño de aquella noche de verano, cuando la Vía Láctea derramó una lluvia de estrellas fugaces sobre el sacro monte Hymeto.

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