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Hermano México

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La serpiente emplumada se ha vuelto a estremecer, en las oquedades del vientre de la tierra ha despertado sacudiendo su gigantesco cuerpo de reptil, la horquilla de su lengua ha rozado los subterráneos del antiguo reino de los mayas y aztecas, como una advertencia apocalíptica ante el camino bifurcado que nos ha venido mostrando en los últimos tiempos nuestro querido México. Nada más lejano de mí que la idea del “castigo divino”, o intentar imitar la charlatanería de los “visionarios”, no se trata de eso. Lo que pretendo sugerir es que si su pueblo (y muy especialmente sus autoridades) pudiesen reflexionar en torno a la catástrofe acaecida como si de una señal ultraterrena se tratase ¡bienvenida sea la toma de consciencia!

Permitidme explicarme mejor: el pavoroso sismo del 19 de Septiembre ha dejado centenares de víctimas, millones de sobrevivientes hundidos en la depresión, heridos,  desaparecidos, ciudades devastadas, la moral de la nación en ruinas y el baluarte de monumentos históricos derruido. Y sin embargo, a pesar del profundo dolor infringido, el mortal coletazo de la divina serpiente del Popol Vuh nos ha manifestado una lección inesperada.  

Gracias a su inmediata manera de reaccionar el pueblo mexicano ha logrado salvar muchas vidas. Ha rescatado cadáveres y los ha enterrado cristianamente. Ha consolado y brindado primeros auxilios, albergue y sustento a un sinnúmero de familias que perdieron su hogar. Nos ha mostrado su sapiencia y habilidad para dar rápidas soluciones ante la desgracia, eficiencia sin parangón, y una extraordinaria fe en la reconstrucción de México. Yo no estuve presente en el Perú cuando acaeció la última serie de malhadados huaycos, pero sé que la reacción del pueblo peruano fue idéntica. Tengo igualmente la certeza de que en los otros países de Latinoamérica ante la sorpresa del infortunio la respuesta solidaria ha sido y seguirá siendo idéntica.

Por esta misma razón la lección a la que me refiero es fácil de deducir. Hace ya un largo periodo que venimos leyendo noticias escabrosas concernientes a la realidad mexicana, y al hablar únicamente de esta nación me estoy refiriendo por igual a la posibilidad de que en otros países de nuestra comunidad el esquema se repita. En lo que a México se refiere, la corrupción que afecta al sector de la administración pública es absolutamente inadmisible, cada día nos enteramos de un nuevo escándalo, de los millones de dólares que estas sabandijas (sean las anteriores o las presentes) han logrado esconder en cuentas en el exterior procedentes de sobornos y demás trafas. Entreverados a las susodichas autoridades culposas (y bien amarrados con éstas), tenemos a los administrativos del sector privado. Me refiero a la esfera de la “mera” productividad que dinamiza el país, el que tampoco se ha mostrado libre de acusaciones ni ajeno al proceso de degradación delictiva de un importante segmento de la sociedad mejicana. Yo responsabilizo por igual a sus familias, pues no en todos, pero en un buen porcentaje de casos resultan siendo los perfectos cómplices.

El destino de una nación no depende únicamente de sus dirigentes. No es éste un llamado a un levantamiento, yo no creo que se pueda resolver prácticamente nada desde el instante en que los fundamentos morales de un pueblo han sido carcomidos. Cuando el espectro de valores se ha desvanecido el único objetivo es recuperarlo, pues de lo contrario los nuevos dirigentes sólo van a reemplazar en el trono al anterior tirano, ya tenemos demasiados ejemplos con las revoluciones sucedidas a lo ancho del planeta y a lo largo de toda la historia. El destino de una nación está en manos de su pueblo, depende de la visión futurista que éste pueda tener, de su esfuerzo, de sus habilidades y eficacia en la planificación, coordinación y sincronización, de su dinámica, y sobretodo de sus objetivos. Y puesto que el pueblo mejicano ya nos ha demostrado todos estos valores en esta desdichada circunstancia, es el momento más indicado para hacer una profunda revisión en torno a la corroída situación social que vive el país, por causa particularmente del narcotráfico, y de la ignorancia secular. Es el mismo pueblo mexicano que nos ha demostrado cómo se debe de actuar en medio de la emergencia el que se tiene que cuadrar ante su propio futuro. Ya que la madre de todo mal es la ignorancia, además del esfuerzo requerido para reconstruir el país, es al mismo tiempo el momento de exigir una profunda reforma educativa. Además de una campaña aguerrida que se dirija por igual a los adultos, a ver si tal vez se encuentre una solución a la espantosa ola de feminicidios, secuestros, tortura, y asesinatos sin fin que asola todas las comarcas. Por eso sugiero que lo mejor para todos sería interpretar esta gran desgracia como un mensaje místico. Es el instante preciso para que el pueblo de México reflexione, y decida ante el camino bifurcado que tiene ante sus ojos por qué lado va a enrumbar su destino.

A México hermano dirijo mis profundas condolencias.  

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