728 x 90

Cipriani contra la iglesia

  • img
  • Por Jimena Ledgard
  • En DESTACADAS
  • 03/04/2014 - 10:33AM
  • 17728 Visitas
img

Ilustración: Guillermo Figueroa

Pero, por otro, considera pertinente convocar a un referéndum nacional para decidir el futuro del proyecto de ley. Frente a esta última propuesta, habría que preguntarse, ¿desde cuándo considera la Iglesia que los asuntos morales deben someterse a voto popular?

La respuesta es que desde nunca. Si hay un punto que la Iglesia se ha empeñado en sostener durante las últimas décadas de liberación sexual e individual, es que existen temas que no dependen de lo que el espíritu de cada tiempo se sienta inclinado a defender. ¿O es que ha dejado de insistir en el pecado del sexo prematrimonial o en su ataque contra el uso de métodos anticonceptivos solo porque la mayoría abrumadora de la población lo hizo hace mucho?, ¿desistió acaso de convocar a protestas contra el matrimonio homosexual en Francia porque la población del país apoya mayoritariamente no solo dicha unión sino el derecho a la adopción por parte de dichas parejas?, ¿será que considera que el aborto sí es aceptable en la República Checa, donde 72% de la población cree que este es un derecho inalienable de las mujeres?

Si no es así, ¿qué hace Cipriani invocando a un referéndum para decidir sobre temas que la Iglesia considera no están sujetos a la opinión pública? Sencillo: no se trata de que el cardenal se haya convertido en el defensor más activo del ejercicio de la democracia directa, sino que simplemente (y contradiciendo los principios más elementales de la institución a la que representa) pretende aprovecharse utilitariamente de la posición conservadora que aún sostiene la población peruana para negarle a uno de los grupos más vulnerables y marginados de nuestra sociedad el derecho a la igualdad.

Pretende, así, convertirnos en una república en que los derechos humanos estén sometidos a los caprichos de la tiranía de la mayoría. Gobernar un país a la voluntad de las mayorías es un terreno increíblemente peligroso, como cualquiera que se detenga a pensar sobre el asunto durante algunos minutos debería poder constatar. ¿Qué pasaría en un Estado en el que una mayoría musulmana decidiera perseguir y encarcelar a los cristianos?, ¿qué ocurriría en una nación en la que una mayoría blanca quisiera someter a una minoría de color a la esclavitud?, ¿qué sucedía en el caso hipotético de que las mujeres quisieran – por mayoría – ganar el triple que cualquier hombre en un puesto equivalente? Es para evitar este tipo de situaciones que conquistamos derechos: el derecho a la libertad de culto, el derecho a ser ciudadanos libres, el derecho a que nuestro trabajo se reconozca y remunere al margen de nuestro sexo o color de piel. Y, ahora, el derecho a que nuestras uniones se reconozcan independientemente del género de la persona de la persona.

Es crucial que el Estado y quienes nos representan ante él sean conscientes de esto y legislen sin permitir que la injerencia de la Iglesia o de sus propias creencias impidan el reconocimiento de algo que debería ser inalienable: el derecho a la igualdad frente a la ley. Lamentablemente, el cardenal ha estado acostumbrado durante demasiado tiempo a poner y sacar candidatos; a hacer temblar y someter al ocupante de turno de Palacio; a intervenir en asuntos en los que la religión puede tener voz, pero definitivamente no voto, desde el púlpito y su espacio en medios. Y el Congreso, en cuyas manos recae la decisión de aprobar el proyecto de ley y ansioso como siempre de reelegirse, lo sabe. He ahí el principal problema de la injerencia de Cipriani en la arena política y en las decisiones concernientes a políticas públicas, en su constante proselitismo sobre asuntos ajenos al dogma de la Iglesia, impide a la población reflexionar y decidir al margen de oscurantismos ideológicos. Y ese, la verdad, es un acto de tiranía.

La homofobia de la Iglesia tiene consecuencias reales y terribles sobre la vida de las personas. Cuando en un país mayoritariamente católico, la institución a la que tanta gente pertenece fomenta la discriminación legislativa a las personas debido a su orientación sexual, está validando también la discriminación cotidiana. Es por eso que los participantes de la campaña “No tengo miedo” (que busca visibilizar la marginación a la que es sometida día y noche la población LGTB en nuestro país) pueden contarnos lo que significa crecer temiendo que te insulten en la calle por ser homosexual, que te boten de tu casa por aceptar tu orientación sexual, que te nieguen oportunidades laborales por ser lesbiana, que te golpeen y te maten por andar de la mano con tu pareja.

El derecho a crecer en libertad y tranquilidad, el derecho a que tu identidad sea reconocida plenamente por el Estado al que pagas impuestos y cuyas leyes obedeces, es uno que todos deberíamos disfrutar. La injerencia de Cipriani debe ser reconocida como lo que es: deseos de limitar, mutilar y controlar la libertad ajena para mantener su poder político. La verdad es que haría bien el cardenal en mantenerse alejado de las tentaciones de la democracia plebiscitaria. Que recuerde que en muchos países, la Iglesia no ha hecho más que perder poder y que es solo porque esos países han defendido los derechos de sus ciudadanos (el derecho a la libertad de culto, por ejemplo) que su Iglesia no corre riesgo de persecución en esas tierras. 

 

IR A COMENTARIOS
  • iglesia católica,
  • aborto,
  • cipriani,
  • jimena ledgard
  • DESTACADAS

Comentarios