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Cuentos de viajeros: las Meteoras III, por Elvira Roca-Rey

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Foto: intravel.me

Desde el pináculo contemplamos un valle iluminado por la gracia divina, la cordillera del Pindo se extiende frente a nosotros como telón de fondo, sus picos nevados teñidos de púrpura. La majestuosidad del paisaje paraliza mis sentidos, por fin giro la cabeza para admirar el sol a mis espaldas ocultándose entre dos monasterios. Descendemos por Kastraki, una típica aldea montañesa con sus casas de piedra, ¡qué rico aroma despiden sus chimeneas! Aroma de pino y de castañas asadas, las ventanas iluminadas nos permiten observar a los lugareños atareados, es idéntico al villorrio de Pinocho y de Geppetto. Se nos ha abierto el apetito, nos dirigimos a Kalambaka, cerca del Hotel encontramos una vieja taberna donde poder compartir un buen vino de la región, Jolanta experta matemática polaca nos explica la carrera de Aquiles y la tortuga. Mientras trato de asimilar la paradoja de la misteriosa fracción indivisible del espacio no puedo evitar pensar en voz alta: tal vez Pitágoras, además de legarnos la noción del punto inalcanzable, nos quiso dar al mismo tiempo una lección referente a la utopía - culminación inasible, épica, volátil, de pies alados como Aquiles - sin embargo la tortuga, que es lenta y pesada como la realidad terrestre, alcanza la meta antes que el héroe, ¡la ineludible realidad gana siempre la partida! Mi amiga se ríe de mi simplicidad y junto con su risa la tentación de San Antonio aparece ante nosotros:  souvlaki de cordero con pan de centeno recién salido del horno.

Los picos de la sierra se han vuelto a iluminar, pero esta vez estamos contemplando el sol naciente, ¡el dios Helio emerge de las nieves del Monte Pindo y la luna redonda y pálida desde lo alto lo mira! El Monasterio del Gran Meteoron queda muy alejado, es preciso ir en coche. Eran más de veinte las abadías construidas por los ortodoxos a partir del siglo X, hoy en día sólo quedan seis, las demás fueron destruidas o abandonadas, en nuestra era ya no hay tantos entusiastas del retiro espiritual, aún quedan algunas en pie, pero habitadas por las ánimas del purgatorio. Desde la carretera aparecen en lontananza como nidos de águila colgando de la cima de las escarpadas rocas, conforme nos acercamos compruebo que son fortificaciones macizas y bastante amplias, con sus tejados rojos y su campanario, algunas tienen puentes sobre el vacío para poderlos cortar ante una tentativa de asalto. Nos detenemos en la de Vaarlam, aunque hoy está cerrada al público vale la pena, la vista del valle desde aquí es para quitar el aliento, sobre todo si uno mira hacia abajo, la pared de la roca es como si la hubiesen cortado con cuchillo, su altura es astronómica. Probablemente estos monjes gracias al hábito de asomarse al precipicio cada día consigan vislumbrar los abismos del alma humana. 

Ingresamos en este momento al “Monasterio de la Transfiguración de Cristo”, al que llaman el Gran Meteoron. Jolanta y yo debemos cubrir nuestros pantalones con un faldón negro, de manera que ahora yo también asemejo una monja. En primer lugar entramos en un recinto donde se almacenaba aceite y vino, los garrafones polvorientos se cuentan por centenas, ciertamente debían de negociar su producto, por lo visto lo han dejado de hacer pues el lugar se mantiene intacto desde hace siglos, hay una prensa primitiva y cestos con ciruelas de fantasía, demostrando que también proveían licor de esta fruta. El vetusto tonel de gran tamaño que tenemos al fondo da prueba de que a los finados cenobitas de este convento no les ha faltado la inspiración. 

Sobre una columna están colgados un par de escopetones muy antiguos, dando testimonio de que los residentes de este santísimo claustro estuvieron obligados a defenderse en más de una ocasión. Lo mismo podemos decir del resto de la comunidad monacal de Meteora, dentro de sus capillas, generalmente bajo el púlpito, se hallaba una entrada secreta a la cripta en donde se ocultaban de los asaltos de los malhechores. El enemigo no se arredra fácilmente, por inaccesible que resulten estos fortines hasta aquí llegaron no sólo los turcos otomanos, antes que ellos hubo muchos otros ataques armados según nos cuenta la historia.

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