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Historia de la Acrópolis II

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Foto: santanderlasalle.es

Hemos llegado al lugar de culto a la diosa Afrodita y a Eros, donde observamos nichos cavados en la pared de la escarpada roca en los que depositaban las ofrendas votivas, al igual que en el Perú antiguo. En el lado opuesto al Aglaurión tenemos otras tres cavernas en las que igualmente se han celebrado misterios litúrgicos desde épocas prehistóricas, aunque sólo se han recuperado pruebas del culto a Apolo del siglo XIII AC. lo cual ya significa bastante antigüedad. Hasta allí descendió el dios para unirse a la ninfa Kreussa, hija del rey Erecteo, y de esa unión nació Ion, otro rey mítico de los atenienses. Las otras dos grutas estaban dedicadas a Pan y a Zeus. 

A los pies de éstas se encuentra la fuente Klepsydra, muy importante para los contingentes de guerreros que esperaban zarpar desde el puerto de Faliron, hasta allí les hacían llegar el agua dulce por medio de tuberías de cerámica herméticamente selladas. Por este mismo camino panathenaico pasaba ante la fuente la procesión que portaba la imagen de Atenea hasta el Eleusinión. Tiene mucha historia esta Klepsydra, durante la guerra de independencia aseguró el agua de la heroica multitud que encerrada en la fortaleza supo resistir al largo asedio otomano. En la Segunda Guerra Mundial (el 30/05/1941) dos valientes estudiantes, Manolis Glezos y Apostolos Santas, se deslizaron por el pasaje secreto de esta fuente que conduce hasta la parte alta de la Acrópolis para bajar la bandera de Hitler. 

Emocionados, ascendemos por la calzada de piedra hasta alcanzar los Propileos, la monumental entrada al santuario de la Acrópolis. No debemos olvidar que por este majestuoso umbral  pasaron reyes, filósofos, insignes científicos, artistas y hombres de gran valía, pero sobretodo una infinidad de héroes defendiendo su ciudad. Estamos ahora mismo situados frente a la titánica puerta de la fortaleza que defendió a Atenas cuando, durante las Guerras Médicas, fue sitiada por los persas. Lamentablemente incendiada y saqueada por los mismos. Desde aquí los atenienses le hicieron frente a los espartanos, a los macedónicos y nada menos que al imperio romano. Más tarde, entre otros, llegaron los franceses e italianos llamados “los caballeros del Imperio Latino”, aragoneses y sicilianos, con no mejores intenciones que los anteriores invasores. Sin duda lo peor que le pudo suceder a la Acrópolis y a la inmortal Atenas fueron los siglos de sumisión que tuvieron que sufrir bajo el imperio Otomano y la brutalidad del ataque marítimo por parte de los venecianos. Tampoco olvidemos los terremotos que, aunque de modo intermitente pero contundente, se encargaron de destruirlo todo. Y por último las fuerzas alemanas en la Segunda Guerra Mundial que se instalaron en el Partenón y con gran sutileza plantaron su bandera nazi.  Pues desde hace más de 3.500 años la “ciudad en la cima”, a pesar de todo, aún sigue en pie y aún sigue siendo sagrada.  

Entre el 437 y el 431 AC. Pericles ordenó al arquitecto Mnesicles sustituir los viejos propileos erigidos por el tirano Pisístrato por un gigantesco pórtico doble de mármol pentélico. La fachada está concebida como la de un templo dórico, con sus colosales columnas jónicas que sostenían un techo de mármol azul con estrellas doradas. Al otro lado de la escalinata, sobre un bastión, hallamos el pequeño templo de Atenea Niké, la diosa con alas que conmemora la victoria sobre los persas (la batalla de Salamina, 480 AC.), éste fue construido por el arquitecto Calícrates, los trabajos se iniciaron en el 421 AC. como siempre en mármol del Monte Pentélico, al estilo de un templo jónico con frisos magníficamente decorados, al exterior y al interior del edificio, de los cuales aún se conserva una parte, y en el centro de la nave una estatua de Atenea Niké, a la cual le cortaron las alas para que nunca pudiese abandonar la ciudad.  

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