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La colina de las Musas I, por Elvira Roca-Rey

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Foto: monografias.com

Los astrólogos pre-helenísticos usaban un sistema adaptado de la numeración babilónica, desde esa remota época hasta la actualidad el número nueve sigue siendo un importante símbolo de contenido esotérico para los atenienses. La lista de fenómenos asociados a él resulta interminable (como el ciclo de gestación humana, etc.)  En el siglo IV ac el periodo Jónico introduce el sistema sexagesimal de identificación alfabética, en que los valores numéricos de las letras se suman para formar el total. En este sistema pre-decimal el 9 se identifica con la letra “Zita”, letra = cifra iniciática de la “desambiguación”. El 0 no es un número sino símbolo del infinito, en cambio el 9  posee en sí mismo todos los números simples, esto es: todas las posibles combinaciones existentes en el universo, por lo cual es condensación de materia y espíritu. Por ser el último de la serie de cifras anuncia el final y a la vez un nuevo comienzo. Los ciclos de mutación concluyen en él, a la vez actúa como “disolvente” de todos los números y sumas. En la teogonía de Hesíodo el 9 aparece como medida universal que separa al cielo de la tierra en 9 días y a la tierra del infierno en 9 noches.

Por ser el más evolucionado se consagró a las Musas, hijas de Zeus y de la titánide Mnemosyne, por lo tanto nietas de Urano y Gea (del cielo y de la tierra). Ellas eran y son aún invocadas para aportarnos la inspiración, recitemos sus nombres en voz alta: Urania (Musa de la astrología); Euterpe (de la música y de la pantomima); Talía (de la comedia); Polimnia (de los cantos sagrados); Terpsícore (de la danza); Calíope (de la épica), Clío (de la historia); Erato (de la poesía lírica); Melpómene (de la tragedia). Al lector tal vez le sea más fácil de comprender ahora porqué esta colina hermana gemela del Akrópolis les fue consagrada, aquí donde me encuentro ahora mismo tuvieron su lugar de culto las bellas Musas, el cual Cronos, el Tiempo cruel que todo lo devora, se ha encargado de desvanecer.

La época mitológica da testimonio de una tribu conformada únicamente por  mujeres guerreras llamadas las “amazonas” (que Herodoto ubica en Sarmacia y otros en los montes Tauro o en el Cáucaso), en cualquier caso Atenas para protegerse de la invasión amazónica decidió edificar una muralla ciclópea que rodeaba la colina de las Musas y el Akrópolis, pasados varios siglos creyeron necesario rehacer la muralla primitiva y la unieron a otra suplementaria, hallamos vestigios de la doble fortificación mientras ascendemos hacia la cima. El bosque que adorna este monte es en verdad paradisiaco, hay muchas urracas y se oye el trinar de distintos pájaros, sabemos que en la antigüedad estuvo poblado de cervatillos y de lobos. Enormes bloques de piedra yacen junto al sendero, como un reclamo de la vieja muralla para que no la olvidemos. Las estoy observando, las toco, pienso en el descomunal esfuerzo desplegado por esos hombres del pasado para erigir la muralla, finalmente me he sentado sobre una de las magníficas piedras labradas para descansar, cierro los párpados y veo lobos y ciervos escabulléndose entre los cedros.

Al alcanzar la cumbre de la colina de las Musas, se extiende ante nuestro asombro el Golfo Sarónico como una visión onírica. En tropel las nubes escarlatas se acercan a gran velocidad desde el horizonte marino, el sol declina moribundo tiñendo de púrpura las montañas, mi aliento, la superficie del mar y del mundo. Contemplo nubes de fuego, cruceros desplazándose lentos como pirámides flotantes, petroleros demorándose en cruzar desde el puerto del Pireo… En esta hora incierta la ciudad entera se ha sumergido en el color escarlata, las casas y edificios como un puñado de encendidos pétalos desparramados a mis pies. Todo ha adquirido una tonalidad fantasmagórica, el perfil de las lejanas islas, tan azules en la mañana y ahora tan rosadas. Y al mirar hacia atrás, inmerso en el ocaso, más suntuoso que nunca, más ígneo que nunca ¡el sagrado peñasco coronado por el Partenón!

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