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Apología del reino animal I

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Por largos años viví junto a mi esposo en la caleta de Huanchaco. Solíamos pasearnos por las lomas próximas al Aeropuerto donde los antiguos chimúes enterraban a sus muertos, desde aquel elevado páramo la visión del Pacífico al atardecer es superba. A nuestra perra le encantaba vagar libremente por las dunas, andábamos trotando como de costumbre cuando de pronto ella se detuvo en seco con el pelo erizado y empezó a gruñir. No prestaba atención a nuestro llamado, nunca la había visto así, ladraba retrocediendo, no paraba de olisquear de arriba abajo el espacio vacío y gruñía al aire girando rápidamente en círculos en torno a una presencia que la aterrorizaba. El cielo se había cubierto, la luz era incierta, ambos sentimos escalofríos y salimos disparados de allí. La perrita no quiso cenar, se mantuvo alerta dando vueltas muy inquieta toda la noche, es indudable que había percibido una presencia que nuestros sentidos no fueron capaces de detectar, aunque sí es verdad que sentimos mucho miedo, pero el animal lo había experimentado de manera muy diferente, creo hasta ahora que pudo sentir algo imposible de definir para un humano.

El hombre fue premiado con la razón, el “logos”, el conocimiento, la consciencia, todo lo cual podría resumirse como “el alma” que le insufló la divinidad y que lo distingue del reino animal. Lo que concebimos hoy en día como cristianismo así como el paquete completo de la cultura occidental  funda sus raíces en la filosofía platónica. Décadas después del obligado suicidio de su amado maestro Platón escribe el “Diálogo de Fedón”, antes de beber la cicuta Sócrates dialoga con sus discípulos y le pregunta a uno de ellos: “¿qué da la vida al cuerpo? ”,  “el alma”  le responde Cebes. A partir de allí podríamos retomar el dilema que se planteó la iglesia católica en el Medio Evo, pues si los animales tienen vida se podría deducir que tienen alma, sin embargo los teólogos platónicos de entonces negaron rotundamente la más mínima consideración al respecto y el tema quedó definitivamente zanjado hasta la fecha. ¿Pero, qué sucedería si se equivocaron? En el Medio Evo los teólogos también negaron que la mujer tuviese alma.

No digo que posean un alma semejante a la del hombre, obviamente no, pero sí me arriesgo a opinar que cierto tipo de espíritu los anima, no son únicamente un saco de huesos y de carne, todos nosotros somos conscientes de la indiscutible sensibilidad y de la insólita capacidad intuitiva que poseen. En particular aquellas especies que mantienen vínculos emotivos con el hombre parece que hubiesen evolucionado su capacidad intelectiva, y si son mascotas domésticas incluso se define el temperamento específico que distingue a cada una de ellas haciéndonos pensar que son muy parecidos a nuestros niños.

Un hombre maravilloso hombre - cuyo nombre he olvidado y por desgracia no logro encontrar en este momento - se había dedicado por entero al  rescate de elefantes arriesgando su propia vida, cientos de ellos fueron salvados en Sudáfrica gracias a su heroico esfuerzo. Una semana después de fallecer estaba la viuda en su casa de campo cuando una larga hilera de peligrosos elefantes llegó hasta su puerta. Como habían venido desde diferentes direcciones la mujer temblaba ante la posibilidad de que se enfrentasen entre manadas, pero  mansamente acamparon para descansar, habían marchado durante varios días para llegar allí. No comieron, sólo mostraron su fidelidad, su silenciosa  condolencia por la muerte de su benefactor, al cabo de dos días se marcharon tranquilamente. Este no es un cuento, sino un hecho real, la lista de paradigmas que cada día observamos en las diversas categorías terrestres, aéreas y marinas sencillamente no tiene fin. 

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