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¿No aprendimos nada? De Caral a Moche: El Niño, recurrencia y resiliencia

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 Foto: .nationalgeographic

¡Signos de los tiempos y alerta con el Spondylus!... Dicen los antiguos, y los historiadores y arqueólogos, que el “mullu” (nombre quechua del “Spondylus prínceps”), un molusco de aguas calientes que normalmente vive en las costas del Ecuador, llegó en 1925 excepcionalmente ¡hasta Chimbote y  el Callao!, lo que revela la magnitud del fenómeno de Niño Costero que asoló el Perú con torrenciales lluvias y enorme destrucción.

Dicen que el Niño Costero actual, tan amplio como intenso, retumbante y avasallador, se parece más al del 1925 que a los de 1983 y 1997.

Más allá de eso, dos expertos peruanos, de prestigio internacional, como Wálter Alva y Ruth Shady, nos han hecho recordar también, en  estos días de tormentas eléctricas y huaicos que causan tanto dolor en nuestro país,  lo recurrente de estos fenómenos en nuestro territorio, desde tiempos remotos, que tuvieron que soportar los pueblos Moche (siglos I al VIII D.C) y también Caral, con 5 mil años de antigüedad, considerada por muchos como la civilización más antigua de América.

NO TROPEZAR DE NUEVO CON LA MISMA… 

“Recurrir al pasado es indispensable para entender el presente y para no repetir los mismos errores”, puede parecer  un cliché que a veces repetimos de paporreta,  sobre todo en cuestiones amorosas, pero que en estos casos resulta absolutamente cierto, sobre todo en referencia a los desastres naturales.

A tono con la naturaleza: Según Alva, el pueblo moche supo convertir suelos áridos en fértiles valles, para lo cual excavó canales en medio del desierto y tejió una red de magníficos acueductos, muchos de los cuales están en uso hasta hoy, lo que les permitió producir más de treinta variedades de cultivos y contar con grandes excedentes agrícolas.

En el mismo sentido, Shady precisa correctamente que los complejos de Caral no corren ahora peligro de inundarse, pues han sido correctamente planificados en su estructura y ubicación. “Todos los lugares urbanos están situados a una altura y distancia prudente para evitar los desbordes producto del Niño”, ha dicho.

CIUDADES ALEJADAS DE LOS RÍOS… ¡Y QUEBRADAS!

Hay más lecciones de convivencia y entendimiento con  la naturaleza que nos han legado nuestros antepasados, pero a las que tercamente hemos vuelto la espalda.

Una premisa que en nuestros días se convierte en una bofetada a la tozudez, la desidia  y la politiquería se refiere a la ubicación de los asentamientos humanos en la época preínca. Desde la conquista española, casi todas las ciudades se fundaron junto a los ríos, sin respetar el patrón de ocupación prehispánico que lo hacía alejadas de él, precisamente para evitar el riesgo de inundaciones.

Y, junto con esto, y recordando la historia de civilizaciones desaparecidas en el norte, acota Alva con toda razón que “debemos entender que, donde hay ríos secos, volverá a pasar el agua”, lo que tiene que ser asimilado, por la razón o por la fuerza de la ley, por los alcaldes distritales que en cada campaña permiten la invasión de laderas de ríos   para asegurarse unos cuantos votos. No podemos seguir construyendo en los lechos de ríos secos ni en quebradas, so riesgo de más muertes y destrucción.

DESASTRES Y POLITIQUERÍA

No quedan allí las lecciones. Pues, ¿qué fue lo que pasó que llevó a la destrucción de la cultura Moche y el ocaso de Caral? Como reseña Alva, hacia finales de año 800, la sofisticada cultura Moche conoció un ocaso repentino, cuyo detonante fueron drásticos cambios climáticos y una serie de cataclismos naturales que afectaron su territorio y las bases de su civilización.

Ya en el siglo VI esta sofisticada sociedad tuvo que soportar los embates de  un terrible Niño, cuyas torrenciales lluvias duraron casi 30 años, lo que destruyó la estructura productiva y la arquitectura monumental de los moches, además de erosionar miles de hectáreas de terreno cultivable y  contaminar los cursos de agua y los manantiales, lo que a su vez devino en terribles fiebres y epidemias que diezmaron a la población. Al diluvio siguió un período de intensa sequía de otros 30 años, en un círculo vicioso  que destruyó la economía, y ante el cual la clase dirigente no supo o no pudo superar. Y así fue que, sobre las cenizas de los moches, cuenta Alva, surgió otro imperio, de los Waris que los ocuparon y conquistaron.

En conclusión, el Niño ha sido un problema catastrófico al que de una u otra manera, los moches supieron enfrentar por muchos años. Sin embargo, y esta es otra conclusión, este fenómeno en sí mismo no determinó el ocaso de una civilización. Hay más: la clase política moche, que finalmente solo atinaba a ofrecer más sacrificios humanos al dios Aiapaec, se dividió, enfrentó  y dispersó, con lo cual restó fortaleza y unidad a la civilización,  y determinó su fin. La política, como siempre, detrás de todo, para congregar y construir; o, en lo peor de ella,  para confrontar o destruir.

¡RÍOS QUEBRADAS… ES MI PERÚ!

En suma, tenemos la obligación de mirar el pasado, y no solo para entender lo que hoy somos, y el desarrollo de la peruanidad, sino también para sacar lecciones para estos días de crisis y emergencia. Hay en nuestro carácter nacional clarísimos ejemplos de convivencia armónica y creativa con la naturaleza, para aprovechar lo mejor de ella; de resiliencia para soportar sus duros embates y salir adelante; pero igualmente de entender que la política tiene que estar al servicio de todos,  y no de unos cuantos.

Pasarán las lluvias, los huaicos y la crisis, pero seguiremos siendo un país de “ricas montañas, hermosas tierras” y… “¡ríos quebradas!”. No forcemos ni desafiemos a la naturaleza y planifiquemos mejor, para lo cual necesitamos gestores y políticos a la altura de las circunstancias. Es hora de solidaridad y optimismo, pero también, cuando abordemos la reconstrucción seriamente, de reflexión y planeamiento ordenado. ¡Ese es nuestro Perú!

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