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Entrevista a Sylva Pandu, el espíritu de la Academia griega

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Foto: joanmaragall.com

I

No conoce el Perú - me lo dice con pena - yo le respondo que su amor por Méjico se hace extensivo a toda Latinoamérica y que el nuestro tiene muchísimo en común con el país Azteca, más que con algunos países vecinos. Los griegos son por naturaleza aventureros, a esta mujer no se le puede negar valor, una bonita joven de ojos azules, que desembarca sola, sin conocer a nadie, en Ciudad de Méjico, por allí por los años sesenta. Su pasión: el griego arcaico, y todo lo relativo a la antigüedad de la Hélade, pero al igual que sus ancestros navegantes anhelaba aprender otras lenguas, descubrir nuevos horizontes.

E.- Creo que, de alguna manera, las personas planificamos nuestra vida de manera subconsciente, lo que es a usted le salió de maravilla.

S.- Yo nací en el norte, en Salónica, Mi padre era un militar de alto rango  cuando entraron los nazis y lo asesinaron, él nos habían estimulado a mi hermano y a mí para estudiar el francés, en aquella época el alemán y el francés eran los idiomas que toda persona culta debía de hablar. Y se lo agradezco, porque gracias a ello soy trilingüe. El francés está en el pináculo del grupo de las lenguas romances, es un idioma muy elaborado, muy refinado, pero yo estaba obsesionada con el español.  Desde muy joven, no sé por qué, sentí una fuerte atracción por la distante España, por su preciosa lengua.

E.- Y la ilusión y el esfuerzo dieron sus frutos, pues salió usted becaria del gobierno español en 1958 y obtuvo su diploma de Estudios Hispánicos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en el 62, si no me equivoco.

S.- ¡Sí, Santander y la Universidad, qué bonitos recuerdos! Aunque era la época de Franco y no todo fue color de rosa porque yo siempre fui de izquierdas. A veces… Pero prefiero hablar sobre Méjico aquí. Cuando volví de Santander me puse a dar clases de español en la Organización Cristiana de Mujeres, en Atenas, el Departamento de Lenguas Extranjeras era el único lugar en todo Grecia en donde se enseñaba el español, yo fui la primera entre los pioneros. Pero sucedió que la Embajada de Méjico iba a abrir sus puertas y necesitaban una traductora simultánea, así que la inauguré junto a un “poeta – embajador”, y allí trabajé como intérprete desde el 62 hasta el 67 en que el gobierno mejicano me otorgó la beca que yo había solicitado para efectuar estudios de post grado en la Universidad Nacional Autónoma, era un curso maravilloso: Civilización Azteca y lengua Nahuatl.

E.- Pero ¿cómo? Usted me ha contado que daba cursos de lengua y cultura helénica en esa misma Universidad.

S.- Yo era una mujer hiperactiva y …

E.- …y sigue siéndolo.

S.- Sí, de alguna manera… y al mismo tiempo que aprendía sobre la cultura mejicana me las arreglé para dar clases, porque antes de viajar a España yo me había licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad Aristóteles de Salónica, así que presenté mis oposiciones ante la universidad mejicana y obtuve el derecho de enseñar en el 3er y 4to año de Filosofía y Letras: Griego antiguo, Historia de la literatura griega - “Desde Homero hasta Menandro” - y Dialectología.

E.- Y además le dio tiempo para casarse con un mejicano.

S.- Así es, me casé con un mejicano, de quien tuve un hijo, Alejandro. Y también me dio tiempo para aprender a cantar rancheras y para conocer entrañables amigos, como al Dr. Ignacio Chávez, insigne cardiólogo mejicano que luego llegó a ocupar el puesto de Rector de la Universidad. El fue el primer cirujano del mundo que se atrevió a hacer las operaciones de corazón abierto, y dentro de Méjico las hacía gratis. ¿Qué pasa Elvira? ¿Por qué se ha quedado como absorta?

E.- ¡Perdón! Estaba pensando en los Aztecas y las operaciones a corazón abierto.

Continuará….

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