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El testimonio de un periodista en Chungui: el hallazgo de las víctimas del terror

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(Foto: AP)


Hallazgo de los restos de una mujer y una niña en fosas comunes en Chungui, Ayacucho. Ambas murieron degolladas. Foto: La República

Aquí su crónica:

CHUNGUI, Perú _ El agricultor Valentín Casa observa los huesos de dos dedos femeninos desenterrados junto a un par de anillos oxidados y las pesadillas que lo persiguen desde su infancia reaparecen.

Recuerda la mañana de 1986 cuando militares y grupos de autodefensa mataron a decenas de mujeres y niños rehenes de Sendero Luminoso abandonados por los insurgentes en la zona más mortífera del conflicto peruano, por donde aún transita el último batallón senderista y jóvenes quechuas transportan la cocaína semirefinada que Perú exporta al mundo.

A todos _incluyendo a su madre Elena Quispe_ les cortaron la cabeza, las orejas, la nariz y los dedos. Dos semanas después, otro grupo similar atrapó a varios hombres, entre ellos a su padre, Porfirio Casa, y les rebanaron el cuello.

Una Comisión de la Verdad calculó en 2003 que en Chungui los enfrentamientos entre los uniformados y Sendero mató a 1.384 peruanos en uno de los episodios más “despiadados” del conflicto que dejó 70 mil víctimas entre 1980-2000.

En este distrito poco más grande que Hong Kong la población disminuyó casi la mitad entre los años de la guerra y hasta el momento los actuales 6 mil habitantes no superan a los de 1981, según los censos oficiales.

“Tomé pichi (orines) para sobrevivir”, dice Valentín, de 36 años, mientras antropólogos, arqueólogos y odontólogos limpian una de las clásicas fosas de Chungui, del tamaño de una pista tenis y llena de huesos de niños y de mujeres.

El equipo forense del Instituto de Medicina Legal inició en noviembre su más ambicioso plan para exhumar 202 cuerpos en Chungui. “En noviembre se exhumaron 56 osamentas: hallamos 26 de niños y 18 de mujeres”, dijo su jefe Gino Dávila.

Las fosas están en lugares boscosos llenos de espinas y zancudos. Para evitarlos los forenses encienden una fogata y raspan el suelo con paletines y pinceles hasta que los huesos aparecen. La crueldad alcanza su significado máximo cuando se hallan junto a los cráneos diminutas sandalias infantiles, gorros de bebés, una bolsa de leche en polvo distribuida por el gobierno del entonces presidente Alan García (1985-1990), platos y cartuchos de fusiles del Ejército.

En otras medianas intervenciones del pasado desenterraron 166 osamentas, de las que 38 eran de niños.

Guardan los huesos en cajas de panes dulces de navidad que apilan en orden junto a sus camas dentro de una gran carpa donde duermen en medio del bosque y bajo la lluvia. “Los muertitos nos protegen”, dice el odontólogo, Rolando Alvarado.

Para llegar a la zona oriental de Chungui, conocida como Oreja de Perro, los forenses caminan 18 horas. Sin agua, uno se desmaya y otros lamen gotas de lluvia de las hojas de los árboles. Es una zona sin carreteras, electricidad, telefonía y Sendero Luminoso aún recorre sus bosques, los mismos por donde transitan los narcotraficantes.

“Vivimos tan lejos que nadie quiere venir”, dice Valentín, quien vigila la seguridad de los forenses con una escopeta Mossberg 500 colgada del hombro que coloca junto a su cama cuando duerme y empiezan las pesadillas que lo atormentan.

“Todos aquí tenemos un trauma, todos, el que dice que no, miente”, afirma cuando relata los sueños donde alguien, a quien no logra ver, lo persigue y que culminan cuando se levanta bañado en sudor, sale de su cabaña de adobes y se sienta en una banqueta de madera a mirar el cielo lleno de estrellas de Huallhua, su aldea natal y la de sus dos hijos.

Cientos de mujeres fueron violadas por militares, senderistas y grupos de autodefensa. Algunas como Teresa Vílchez, de 52 años, exigen justicia porque sufre sangrados vaginales y nunca fue atendida por un ginecólogo.

La violaron 20 soldados una noche de 1984 en Mollebamba. Su esposo murió en manos de senderistas y su madre fue asesinada por militares que también la violaron y le cortaron los senos y los dedos.

Sendero ingresó a Chungui a inicios de 1980 y halló campesinos ávidos de cambiar sus vidas luego que otro efímero ejército guerrillero de inspiración cubana asesinó en 1965 a dos poderosos hacendados locales y los liberó de un brutal régimen de servidumbre que por siglos los trató como animales.

Valentín Casa (derecha), su hermana Teresa (centro) y la esposa de Valentín (izquierda) en el paraje llamado Suyrurupampa donde presuntamente está enterrada la madre de Valentín y Teresa asesinada vilmente en 1986 en la zona oriental del distrito de Chungui. No hay carreteras y para llegar hasta allí se caminar alrededor de 18 horas. (Foto: Franklin Briceño)


“Querían cambios”, dice Nathalie Koc-Menard, una antropóloga de la Universidad de Cambridge quien estudia la zona desde hace una década. “Una señora que se consideraba pobre en comparación con sus vecinos me dijo que al inicio ella creyó en el proyecto de Sendero porque todos iban a ser iguales y no iban a existir ricos ni pobres”.

Para concretar sus objetivos obligaron a los campesinos _y convencieron a otros_ a abandonar sus casas, vivir en campamentos móviles en los bosques y así evitar encuentros con el Ejército. La estrategia se llamó “retirada”.

Edilberto Jiménez, un antropólogo que recorre Chungui desde 1996 recogiendo en dibujos el relato de miles de campesinos, afirma que para no ser descubiertos los senderistas prohibieron encender el fuego, las mujeres embarazadas tenían que parir en cuevas y los llantos de los niños se castigaban con la muerte.

Valentín Casa en el momento de la muerte de su padre, dibujado por el antropólogo peruano Edilberto Jiménez, el primer científico social que recorrió desde 1996 las decenas de comunidades de Chungui entrevistando en quechua y dibujando a los sobrevivientes de una tragedia desconocida para la lejana capital peruana. (Cortesía: Edilberto Jiménez)


Una tarde amarillenta de 1986, Carolina Casa, de doce meses e hija única de Catalina Casafranca, de 18 años, fue condenada a morir ahorcada por llorar de hambre. Fue asesinada junto a ocho niños, se lee en uno de los más de medio millar de relatos sobre atrocidades recogidas por los forenses desde 2010.

Priska Palacios, una politóloga de la Cooperación Alemana al Desarrollo GIZ que trabaja en Chungui, dice que muchas personas de este distrito son al mismo tiempo víctimas y perpetradores. “Eso complica todo”.

Ningún criminal está preso, ni militares, ni policías, ni ronderos, ni senderistas, pero hay 50 investigaciones fiscales en curso que empezaron el 2011, afirma la fiscal que investiga el caso Gloria Pareja.

Sandalias de una niña de aproximadamente cuatro años, junto a la de una mujer adulta en una zona de entierro en Suyrurupampa, un paraje cercano a la aldea de Huallhua del distrito de Chungui. Los relatos de sobrevivientes y ex rehenes de Sendero Luminoso indican que muchas mujeres y niños fueron asesinados porque no podían escapar de los militares y sus aliados las patrullas de autodefensa civil. La violencia en Chungui fue extrema, como su actual olvido. (Foto: Franklin Briceño)


En esta zona remota la presencia de batallones armados de Sendero es frecuente y los pobladores recuerdan más de un encuentro, como ocurrió en 2008 cuando los forenses coincidieron con decenas de insurgentes en la aldea de Mollebamba, y en 2012 cuando otro grupo de Sendero pidió a trabajadores municipales les vendan medicinas cerca a la aldea de Villa Aurora.

El alcalde de Chungui, Daniel Huamán, asegura que él y sus antecesores han invitado a todos los presidentes que han gobernado el país los últimos 30 años pero “nadie ha venido, ni siquiera un ministro”. Muchos niños no tienen un documento de identidad porque el viaje para obtenerlo desde sus aldeas a la capital regional demora cuatro días.

Y la educación _la máxima aspiración de los hijos de los sobrevivientes_ es pésima. Por ejemplo: la única escuela en Huallhua tiene una maestra que enseña a nueve alumnos de cuatro grados diferentes en una sola aula.

Palacios dice que en Chungui “las condiciones generales que iniciaron el conflicto armado interno _la pobreza, la discriminación, la exclusión_ siguen iguales que en 1980″.

Si quieres leer más sobre Franklin Briceño puedes visitar su blog  

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