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La colina de las Musas II, por Elvira Roca-Rey

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Foto: Escritor&Hotelero

Durante la ocupación romana de Atenas hubo un senador de nombre Antiokious Filopappous - príncipe heredero de la colonia de Kommagene fundada por los griegos -  al ser expulsada de la  “alta Siria” la familia llegó a esta ciudad donde Antiokios se convirtió en su célebre benefactor. A su muerte acaecida en el año 114, su hermana le ofreció un hermoso monumento funerario de mármol pentélico donde lo vemos entrando en Atenas en su fastuoso carruaje de caballos, aún se mantiene erguido en la cima de la colina dominando la bahía. Este generoso mecenas había heredado de su abuelo - el rey griego Antiokious IV de Kommagene - el amor por el arte, y se destacó históricamente por su buen gusto y destreza en cuanto a la producción de espectáculos de teatro, danza y canto, concursos de atletismo, de teatro y poesía, ¡así fueron los auténticos patricios romanos, los cuales hoy brillan por su ausencia!

Muchos siglos antes de esto existió un poeta que cantaba sus versos al mar desde la cumbre de este monte encantado, su nombre era Musío, un poco más abajo del monumento al senador romano se encuentra su tumba excavada en la roca, en esta misma cueva se rindió culto a las nueve Musas ¡y hasta ahora! Juro que he visto colocadas en los nichos ciertas modestas ofrendas como nueces y flores, y lámparas votivas de barro ardiendo en la noche. El cerro colinda con la colina de las Ninfas, en toda el área se han encontrado restos prehistóricos que dan testimonio de que las cuevas fueron habitadas en tiempos arcaicos. Siguiendo el camino de la muralla Diatijisma vamos encontrar más abajo la otra muralla, Zemistoklío, ésta fue terminada en el S. V ac, pero ¿cuándo la inician? Según Pausanias en la época mítica fue aquí donde el héroe Teseo luchó contra las amazonas. En el s. IV ac. frente a la amenaza de invasión por parte de los macedonios, se erige la Diatijisma uniéndose a la antigua fortificación por el norte y por el sur, ambas dotadas de torres rectangulares y circulares, con enormes puertas de acceso guardadas por estatuas de ciertas deidades protectoras de Atenas.

Hemos llegado a la explanada donde se alza una enorme roca a guisa de escenario, el Pnyx. En dicha plaza el célebre orador, estratega y político, Pericles, ofreció sus mejores discursos inculcando la naciente democracia al pueblo ateniense. En el siglo V ac esta importante figura histórica representa el máximo impulsor de la cultura, gracias a lo cual la ciudad alcanzó el cénit de la Grecia clásica. El padre de la llamada “edad de oro” supo rodearse de las más ilustres personalidades de su época, hombres relevantes en filosofía, política, escultura, arquitectura, historia, literatura, etc. Además de ser uno de los fundadores de la “Demokratía” (junto a Solón), al fomentar las artes y las letras le dio a Atenas un esplendor que nunca volvió a repetirse.

Situada en el Pnyx, imaginando al gran Periklís frente a mí pronunciando uno de sus magistrales discursos puedo abarcar más de 2.500 años de historia al divisar el moderno observatorio sobre la loma vecina. Desde aquí me encamino hacia la tumba de Sócrates, de nuevo otra explanada con una pared rocosa en la que hallamos dos cuevas, aunque la escalinata de piedra exterior da testimonio de que hubo una construcción de madera arriba, con más prisiones. Aquí es donde el desdichado Sócrates, uno de los máximos exponentes del intelecto humano, por el hecho de proponer una nueva visión de la vida y por enseñarla públicamente, condenado por sus celosos conciudadanos, tuvo que tragar la amarga cicuta que le causó la muerte.  

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